Cántico de Cuaresma

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Cuando el corazón de piedra se resiste a salir,

y el espíritu viejo habita como fantasma donde ya no le pertenece;

cuando las heridas han cerrado en falso

y la fachada exterior no es más que un adornado y embellecido sepulcro,

“Derramaré sobre vosotros un agua que os purificará”.

 

Cuando la comodidad de vivir para nosotros nos hace olvidar al hermano,

y trazamos nuestro camino esquivando;

cuando arriesgamos solo por nuestro provecho

y la vida se convierte un triste monólogo sin más respuesta que un eco frío:

“Derramaré sobre vosotros un agua que os purificará”.

 

Cuando estamos dispersos y ya no recordamos el camino a tu Casa.

Cuando ha pasado el tiempo y creemos que Tu voz se calló hace siglos y ya no nos dices nada.

Cuando nuestra vida niega lo que piadosamente afirman nuestros labios.

“Derramaré sobre vosotros un agua que os purificará”.

 

“Y os daré un corazón nuevo,

y os infundiré un espíritu nuevo”

Y haré que me reconozcáis a cada paso, y me ayudéis a seguir el camino;

que escuchéis mi palabra y la vida se haga diálogo.

Haré que vuestras vidas sean testimonio, sin necesidad de que se abran vuestros labios.

Y “haré que seáis mi pueblo”, porque yo soy vuestro Dios.

Ezequiel 36, 24-28

Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.

Estad despiertos – Lámpara de Adviento I

IMGP3603-600x882.jpgEstad despiertos. Cabeza alzada, ojos abiertos y manos tendidas.

Estad despiertos, porque la noche ya termina y el día se acerca para durar hasta lo eterno.

Estad despiertos, alerta, expectantes, en vigilia. Porque ya habéis dormido demasiado y este mundo os necesita para preparar Mi venida.

Estad despiertos, con la cabeza erguida, pero no como los arrogantes, que miran de arriba hacia abajo. Vosotros alzadla para mirar de abajo hacia Arriba, porque  falta poco para que desde allí lo recibáis todo.

Estad despiertos, aun cuando el sueño parezca que os vence, pues sé que hoy son más los que os piden letargo y silencio.

Estad despiertos, que os prometo que yo estoy de camino y tendremos un encuentro. Que veréis al Hijo del Hombre, que cenaréis en el Reino, que merecerá la pena la espera si sois capaces de allanar el sendero.

Estad despiertos: las zapatillas puestas, los cordones ajustados, el horizonte claro y la alambrada a punto de ceder. Os espero en la libertad que construiréis con vuestras manos y mi fuerza, con vuestra vigilia y mi aliento. Os espero deseando ardientemente veros libres, pues para eso, y nada más, habéis venido.

Estad despiertos.

Estad (¡vivid!) despiertos.

 


“Estad despiertos en todo tiempo” Lucas 21, 36

“¿Dónde están?”

De paso, childs-eyescomo entre Jerusalén y Samaría, como tantas otras veces en mi vida, hoy también has vuelto a cruzarte. A detenerme. A tocarme para sanarme; aunque no me haya dado cuenta hasta dar media vuelta y algunos pasos. Pero he sabido regresar (más por tu misericordia que por mi destreza) y postrarme para darte gracias. Por el pequeño milagro (grande a ojos sinceros) que acabas de hacer en mí.

Y se me clavan tus palabras, tu pregunta, dos palabras en las que no leo el reproche ante la ingratitud, sino el desgarro doloroso del amor no correspondido. “¿Dónde están?”. Se me clava. Digo que se me clava porque yo era de ellos, yo tampoco estaba contigo, yo también me había marchado y me refugiaba esperando que no supieses muy bien dónde. Se me clava el dolor de no saber siquiera dónde están tantos a los que por amor has devuelto la vida, a los que has salvado en tantos instantes, a los que has restaurado pedazo a pedazo.

“¿Dónde están?”. Que bien podía continuar “¿… y dónde estabas mientras te extrañaba?”. Y es que quizás la respuesta a la primera pregunta sea la misma que para la segunda. Porque los refugios son pocos y Dios, que lo sabe, cura a uno para que muchos otros deseen curarse al verlo.

“Vete”. Salvado. Reconciliado. Y reencuentra a los que se esconden de Quien nada se puede temer.

Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están?” Lc 17, 17

El amor verdadero es solo el primero

montaña escalador.jpgEl frío del amor primero es la prueba de que no nos bastamos solos, de que la vida no depende de nosotros, de que no vivimos para nosotros mismos.

Es la oportunidad de renacer, de recargar el aceite en la Lámpara, aceite que no se hiele como esa insípida agua con que tantas veces intentamos calmar nuestra sed.

Es el grito de Dios enamorado, que nos repite que nos pensó y amó tanto que no podemos conformarnos con menos que arder, vivir, llenar el corazón que, intencionadamente, hizo grande.

Es la prueba de que el amor primero nunca puede ser recuerdo, sino vida; de que no puede añorarse, sino actualizarse; de que nunca podremos agotarlo, porque no lo encendimos nosotros. Y si se vuelve recuerdo, añoranza o, simplemente, vacila, no será él lo que muera, sino nosotros, que estaremos de nuevo en el instante en que nos jugamos la vida: vivir fieles o adormecernos cómodos, poner pasión o pasar a segunda fila, saltar de nuevo y más lejos o instalarse a un lado de la vida.

Porque el amor primero es la columna de fuego, y cuando parece enfriarse es porque va por delante y nos pide salir hacia allí una vez más. Pide fidelidad. Pide vivir en un amén constante, que no es lo estático del “que así sea”, sino la permanente novedad del “que así se haga en mí”.

 

Ha llegado el momento

611x458.jpgEl momento está cerca. Ha llegado la hora de cumplir la misión para la que hemos nacido, de librar la batalla a muerte propia donde nos jugamos la vida; de aceptar, hasta el final del via crucis, que somos cristianos y queremos vivir como tales.

Ha llegado el momento, un año más, y ojalá el último que nos sorprende distraídos, dispersos en tantas cosas, con los ojos atentos a demasiados asuntos demasiado poco importantes. Ojalá escuchemos desde hoy mismo que nuestro corazón desea ardientemente comer esta Pascua, como el Suyo; que está dispuesto a entregarse, siguiendo las huellas de aquel que inauguró el abajarse; que quiere ser fiel y olvidar tantas negociaciones, con Su mirada que curaba, amaba y prometía el Paraíso; que quiere proclamar, con la vida más que con las palabras, que la muerte  ha perdido el último turno y Jesucristo, resucitando, ha escrito la primera línea de una Historia interminable.

Ha llegado el momento de soltar los cerrojos, deshacerse del lastre, rechazar lo que nos entibia y subir hasta la cumbre del Calvario. No por masoquismo o afán de dolor, sino porque allí, en un hombre (que es el Hombre), Dios mismo nos muestra nuestro verdadero sentido: morir en lugar de matar, servir en lugar de ostentar, comprometerse en lugar de observar… amar en lugar de sobrevivir.

Cuando da las instrucciones a los discípulos para la Última Cena, Jesús les indica que al dueño de la casa deben decir: “El Maestro dice: mi momento está cerca” Mt 26

Luz y chispas

Diseño sin título (6).pngLa luz puede ser una chispa, una ráfaga, un flash, una explosión, un deslumbramiento, un destello, un titilar intermitente. Puede ser un rayo que inunda de claridad el camino pero es tan breve que es casi imperceptible. Se puede intentar caminar con estas luces, pero se tropieza, se cae y no se aprecia ni siquiera el camino que atravesamos.

Pero la luz también puede ser farol, lámpara o candil. Puede ser hoguera, hogar, antorcha. También son luces las farolas, los faros, las linternas, las bombillas… y ellas sí permiten caminar, sin riesgo, no traicionan, no esconden más que muestran, no se alían con la oscuridad. Algunas, incluso, calientan en medio de la tempestad física o espiritual.

“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas”. El que apuesta por una Luz en medio de los fogonazos y las ráfagas. El que se aferra a un simple haz de Luz que, aunque sea costoso y a veces parezca casi insuficiente, asegura más pasos que la intermitente claridad de los sucedáneos. El que solo pone el corazón a la luz del faro seguro, y no deja que lo quemen las intensas, efímeras y atractivas chispas de las tinieblas.

El verdadero milagro

Oscuridad-1024x520.jpgEl verdadero milagro no son los fuegos artificiales, lo impresionante o lo prodigioso. El verdadero milagro es romper el sepulcro; empujar, porque hasta bajo tierra se filtra una ráfaga de luz; mover las losas que te aplastan; entregarse con confianza a unas manos que no ves, que no tocas, que no oyes, pero que sientes como cercanas y amantes, amantes más allá de la muerte de en las muertes que forman todas las vidas.

El verdadero milagro no acontece solo en lo extraordinario de la curación o de la resurrección. El verdadero milagro se esconde tras las señales de Dios en cada día, en lo cotidiano, en lo diario en los rostros con que te cruzas y en el espejo en que te reflejas; en el sagrario, en el servicio desinteresado y en la oración sincera que sube desde un rincón de este mundo que es obra de arte de Dios.

El verdadero milagro es el que da credibilidad a los otros, porque difícilmente tendrá fe quien no experimenta a Dios en su día a día, quien no ha hecho de Cristo su agenda, su diario y su lámpara de mesita de noche, quien no camine acompañado aun yendo solo, quien no hay resucitado después de haber muerto, como todos, tantas veces.