No todo puede salir siempre bien

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El viernes, una vez más, mis chicas de Grupos Marcha volvieron a darme una lección. Esta vez, cuando ya había terminado el tiempo reglamentario y nos disponíamos a salir. Había sido una reunión un tanto extraña, porque habíamos estado bajo mínimos de asistencia, lo que había obligado al guión a variar adaptándose a la realidad. Nada más terminar, me volví a las pocas que se habían mantenido fieles y les dije: “Y perdón, por la reunión”. Su cara fue un poema. No sé si había más tristeza o enfado. Lo que sí que había era firmeza: “Ni se te ocurra pedir perdón por eso, Javi”. No era mi culpa, pero sentía que tenía que pedir disculpas.

Y, pensándolo bien, son demasiadas las circunstancias que escapan a nuestro control. Demasiadas veces en las que sobre el tapete se ensayan jugadas que no se parecen en nada a las cábalas que habíamos hecho fijándonos en las cartas que tenemos en las manos. Y, por muy impotente que suena, son ocasiones en las que poco podemos hacer más allá que sentarnos a esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos, y recomponernos. Cuando observé junto a mis compañeras el escaso público que teníamos el viernes por la tarde, rápidamente me acerqué a una de ellas y le supliqué: “Gabinete de crisis”. Era necesario, no ya para cambiar radicalmente de plan, sino para reordenar las ideas y configurarlas para que las circunstancias del momento, que son las únicas y, por tanto, las mejores que se presentan, puedan aprovecharse como merecen. Porque sí, el viernes por la tarde solo asistieron cinco chicos, pero eran los mismos cinco que estarían dentro del mogollón del grupo completo. Digamos que fue una tarde “selecta”, como tantos momentos de nuestra vida. Momentos que, por desconcertantes, llamamos indeseables cuando deberíamos decir inesperados.

No son pocas las veces en las que las previsiones cambian radicalmente, pero quizás sea necesario descubrir lo bueno que esos cambios ocultan, y que muchas veces estamos tan afanados en maldecir que no somos capaces de apreciar. Es necesario detenerse un momento, recalcular y volver con las mismas ganas.

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