Hasta que tú encendiste la luz de la mesilla

ImagenAnoche, mientras comenzaba a cerrar las últimas ventanas y a despedir las conversaciones que aún quedaban abiertas en WhatsApp, uno de mis contactos me recordaba una canción que me envió tiempo atrás y que yo, al parecer, ignoré. Para no volver a dejar un vídeo anotado en un post-it debajo de la pantalla que luego pocas veces reviso, me dispuse a escuchar aquello con lo que, sabía, me sorprendería.

Y una de las frases de la canción me dejó una agradable idea para fraguarla durante la noche: “andaba como un ciego hasta que tú encendiste la luz de la mesilla y pude ver“. Más que una idea fue un recuerdo, una mirada atrás a esa época en la que todos nos reconocemos como andando a oscuras, sin ver muy bien adónde vamos ni cómo (y, muchas veces, ni con quién). Inmediatamente después de ese momento, llega la luz, que alguien nos enciende para que dejemos de vagar y comencemos a tener sentido, a servir para algo y a ser algo. Pero esta luz, a menudo, comienza siendo la luz de la mesilla, que nos encuentra dormidos o, como mínimo, tumbados en la cama. En reposo. Parados. Porque antes de que se encendiese no había adónde ir.

Para muchos, esa lámpara de la mesita de noche tiene forma de persona, de quien le da sentido y le hace feliz, que es adonde caminamos. Pero para todos, esta luz tiene que servir para disipar las sombras de todo lo malo que ha venido anteriormente. Si no, no es Luz.

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