¿Y tú, para qué peleas?

ImagenÉpoca de exámenes, de tardes ante el flexo, mañanas con ojeras, noches acortadas y testamentos memorizados. Una etapa que cada año nos recuerda que nosotros, al igual que ella, hemos crecido en madurez, responsabilidad y capacidades. Tenemos más nivel. Podemos pelear más y mejor, siempre que sepamos por qué peleamos.

Y no se trata de vivir sin dudas, pues las dudas son tan necesarias como beneficiosas para hacer que una decisión merezca la pena. No. Se trata de haber sabido elegir en su momento, y tener siempre presente esa elección como referencia a la que nos dirigimos, porque andar sin destino es andar sin rumbo, y andar sin rumbo es ir a la deriva, expuestos a que cualquier ilusión pasajera desbarate todo el esfuerzo que habíamos invertido en una dirección. Porque esas ilusiones existen, y son muchas las distracciones que nos detienen y a veces amenazan con eclipsar esa meta que, si es como debe ser, continuará luciendo lo suficiente como para sobreponerse.

Luce, para los momentos de cansancio, aquellos en los que preferimos abandonar a seguir adelante porque olvidamos lo que nos espera. Momentos en los que, aunque pueda parecer una contrariedad, es preferible detenerse para desempañar las gafas y redescubrir lo que nos ha atraído hasta aquí. (Y después, continuar).

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