De héroes y villanos

CImagenuando salió de su casa, sabía que dejaba atrás a sus padres, a su mujer y a sus dos hijos. Sabía que tardaría en volver a verles, y que nadie le aseguraba que fuese a compartir los momentos que todo padre desea recordar. Conseguir el pasaporte había sido todo un reto, y llegar al aeropuerto había terminado con los ahorros que había decidido invertir en el futuro de los suyos.

Al otro lado, progresó en un trabajo que nadie quería hacer, aceptó las condiciones más duras y el salario más bajo para poder asentarse en un país que le recordaba continuamente que no era el suyo, y le encomendaba un trabajo de tercera clase mientras presumía de bondad por emplear inmigrantes. No vivía en el paraíso, pero así podía darle vida nuevamente cada mes a los dos pequeños. Por las noches lloraba recuerdos, y de día se resignaba. A los pocos meses consiguió sonreír más a menudo conociendo a otros con los que compartía pasado y presente. Entre todos, consiguieron hacer de aquella aventura un lugar más confortable.

No tenía nada que envidiar a los héroes que con su esfuerzo salvan vidas en los cómics. Su trabajo era el que sostenía a su familia unos centímetros por encima de la miseria. Al primer encontronazo por la calle, un chico joven, de los que reciben dinero sin conjugar el verbo trabajar, le despreció llamándole “sudaca”.

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