Decir “perdón” para decir “te quiero”.

perdonHace unos días, una amiga me sorprendió mostrándome unas palabras que habían acompañado muchos años a su madre y que, llegado el momento de despedirse en esta vida de ella, había trasladado a un papel que ahora no se separa de su cartera más que cuando lo extrae para leerlo. Eran líneas de agradecimiento, de ternura, de amor, y también de arrepentimiento y perdón. Me impresionó esto especialmente: descubrir en medio de aquellas letras un profundo sentimiento de gratitud por el perdón y un gran deseo de disculpar cualquier ofensa que le pudiese haber hecho sufrir en algún momento.

Quizás me sorprendió tanto porque vivimos tiempos del “perdono pero no olvido”, de “guardar” para toda la vida algo que ni siquiera nos ha molestado durante una semana, de “devolver” lo que nos ha causado heridas como si el daño en los otros fuese a cicatrizar lo que llevamos por dentro. Buscando no olvidar, hemos olvidado lo que significa perdonar, y nos hemos convertido en coleccionistas de malos momentos, de puñaladas, de traiciones, de malas respuestas, de insultos… de todo lo que nos amarga la vida y que, paradójicamente, nos empeñamos en guardar muy dentro de nosotros mismos, esperando a que llegue el momento para cobrarlo. Y mientras tanto, nos pesa no poder revivir los momentos que tan felices nos hicieron al lado de una persona, no poder agradecerle que cuidase de nosotros durante un tiempo, no poder dirigirle una simple palabra que exprese eso que tantas veces vuelve a la cabeza en forma de recuerdos, no poder volver a disfrutar de esa sonrisa que en algún momento tanto buscábamos sacar…

Pensándolo bien, estoy seguro de que aquella mujer terminó sus días con una profunda paz en su corazón y rodeada de todos los que la querían en aquel momento y la habían querido alguna vez, porque había sabido anteponer a las personas a las circunstancias y entendía que una amistad vale más que una discusión. No sería un mal propósito para toda la vida: mantener cerca a aquellos que merecen la pena, cueste lo que cueste y haya que perdonar lo que haya que perdonar; y salir a buscar a aquellos contra los que en algún momento levantamos un muro en nuestro interior, pero que siguen con tanto por aportarnos que ignorarlos supone despreciarnos a nosotros mismos.

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