Oídos sordos, corazón que no siente

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“Lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo” (Lc 4, 29)

Las verdades duelen. Los oídos están diseñados para escuchar tanto los halagos sinceros como las afirmaciones que denuncian lo malo de nosotros. Y no pueden disimular que estas últimas hacen daño; nos atraviesan cuando entran en nosotros; cortan, para poder sanar después.

En el Evangelio, Jesús sabía que pronunciaba palabras difíciles, describía la realidad de un pueblo que había dejado de recibir respuestas porque había olvidado a Quién tenía que formularle las preguntas, que no escuchaba los mensajes porque no creía en quienes le hablaban, que se había acostumbrado a mirar al Cielo y solo se entretenía en la forma de las nubes. Dice “¡basta!”, como hace con toda su vida, como ha venido a hacer al mundo. Intentan despeñarlo, aunque tardarán en lograr crucificarlo.

Y escuchando las mismas palabras que encendieron a aquella muchedumbre, intento yo también seguir haciendo su pregunta: ¿No seremos también nosotros de los que despeñan a los profetas que traen un mensaje que nos duele oír?

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