Hablar desde dentro

8b562c5fe5398e9bd8e124f78f3e294fAyer fue el cumpleaños de una amiga. Como siempre, me puse delante del teléfono a intentar traspasar todo lo que significaba su amistad para mí y así poder componer una felicitación que sirviese de regalo para alguien que está a demasiados kilómetros como para poder celebrarlo personalmente. El texto, conforme sumaba palabras, se va plagando de conceptos abstractos: “amistad”, “profundo”, “corazón”, “confianza”, “gracias”… y a cada uno de estos que se suma, el sentimiento que va escondido en él, el que intenta designar sin que las palabras lleguen a portarlo del todo.

Esta situación no puede sonarnos extraña a ninguno. A menudo escribimos este tipo de mensajes bien por Whatsapp, correo electrónico, Twitter, Facebook o algún medio más convencional. Cuanto más tratamos con una persona, más invadimos el campo de los términos abstractos, de los profundos, y nos damos cuenta de que pisamos en un terreno en el que lo que decimos no es verificable, ha perdido las posibilidades de comprobación que tiene lo concreto. ¿Y acaso esto ha de detenernos? Por supuesto que no. Este es el punto que aumenta todo el valor que estas palabras tienen: que aunque no pueden probarse materialmente, son tan verdaderas como las demás. Es el poder de un “te quiero” pronunciado con el ritmo del corazón, dejando que sean sus latidos los que modulan el sonido, y no solo las cuerdas vocales. Uno de esos que cuando se reciben parecen ser imparables, imposibles de detener por nada ni nadie.

Sin embargo, en este campo de los abstractos hay una trampa. Si no puede demostrarse, mentir puede convertirse en una opción para los que no valoren lo suficiente a la persona a la que se los dirigen. En ese caso, son palabras vacías, simples letras que no llevan a ningún sitio más allá de la mentira, y donde esta habita, lo hace también la decepción, el desengaño y la tristeza. Es el caso de los que utilizan un “te quiero” o cualquier halago con una facilidad que evidencia que no hay nada sosteniéndolo, los que se han acostumbrado a utilizarlos hasta tal punto que no recuerdan lo que significan, ni lo sienten cuando lo dicen ni pueden entenderlo cuando lo escuchan, y esta es la mayor tristeza que sufren.

Las palabras profundas son las que embellecen de verdad a un idioma, las que permiten que los simples caracteres lleguen hasta el corazón, las que se cuelan en ese punto donde se empieza a sentir. De cómo las uses dependerá cómo hagas sentir. Si escoges utilizarlas cuando tienen sentido, si no juegas con ellas, estoy seguro de que sonreirás más de una vez cuando te las dirijan, te estarás convirtiendo en uno de los que ellas buscan para designar.

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