¿Una guerra justa?

Iraqi Freedom

La peligrosa mezcla de dolor y rencor que Occidente ha sentido en los días posteriores a la masacre de París ha encendido las discusiones acerca de la necesidad de una guerra contra el islamismo radical que evitase futuras muertes y frenase la oleada de devastación que el ISIS deja tras de sí en cada territorio en el que iza su bandera. Las voces críticas reivindican una solución distinta a la de las armas y piden que esta no se sopese bajo ninguna opción; otros ven inevitable el contraataque y, finalmente, algunos asistimos reflexivos a este momento de la historia, en el que parecen ponerse en juego miles de vidas, sin una respuesta clara ante la complejidad de un problema como el que 129 muertos en un atentado terrorista ponen sobre la mesa.

Cualquier guerra, como dijera en 1999 san Juan Pablo II, “es una derrota de la humanidad“. Un desperdicio de vidas y fuerzas que podrían haberse empleado para construir y que se invierten hasta su final en la destrucción. Un enfrentamiento bélico es siempre fratricida, porque los que se miden con las armas no dejan de ser hombres iguales en dignidad y derechos. Firmar una declaración de guerra es firmar una rendición en la lucha por la justicia y el bien común de todos los habitantes del mundo. Es adentrarse en una espiral de devastación que nunca ocasiona consecuencias beneficiosas, pues siempre deja tras de sí víctimas, zonas arrasadas y una estela de dolor que tarda decenas de años en sanar.

Sin embargo, hay ocasiones en las que la paz es desgarrada unilateralmente por un bando y no queda espacio para algo que no sea la defensa. En estos casos, que parecen tener mucha relación con lo ocurrido en París y demasiada con el casi genocidio que el ISIS está perpetrando en Oriente Medio, la opción más prudente tiene el nombre de guerra justa, y es siempre un mal menor, no una solución provechosa; ser justa no la convierte en una victoria, ni le quita las trágicas consecuencias que la violencia tiene. Sería la respuesta a un ataque que compromete la seguridad de un país y en el que la legítima defensa autoriza a empuñar las armas como única vía posible de solución del conflicto. Hay que anotar que cuando se habla de Estados, la defensa no es solo un derecho, sino un deber, porque de ella dependen millones de vidas y la configuración de la sociedad.

¿Cuándo puede hablarse de guerra justa? Principalmente, cuando se dan cuatro condiciones:

  1. Que el daño causado sea grave y duradero.
  2. Que se hayan agotado todas las demás posibles soluciones.
  3. Que sea posible el éxito
  4. Y que el uso de la fuerza militar no tenga consecuencias peores que las que se quiere eliminar (un punto en el que hay que tener en cuenta el potencial de la armamentística actual).

Sin embargo, reunir estos requisitos no justifica cualquier acción militar, ni autoriza a ensañarse con el agresor para vengar el daño perpetrado. El fin de esta medida límite es, paradójicamente, garantizar la paz en todos los territorios, y se volvería inútil si los héroes pasasen a representar un papel más dañino que el de los villanos. El bombardeo de ciudades enteras para acabar con algunos individuos señalados o el ataque indiscriminado a un territorio (por no hablar de armas químicas o biológicas) no dejan de ser crímenes terribles que tiran por tierra la dignidad de las personas que sufrirían las consecuencias de una guerra en la que no tienen parte activa, ni responsabilidad ni seguramente intereses en juego. El valor de sus vidas obliga a medir las acciones. Nuestro siglo (y el precedente) no son los mejores tiempos para proponer una guerra justa con la seguridad de que no se infringirán las condiciones, pues ha colocado en manos de los contendientes un potencial que puede situarse al borde del descontrol.

Además, hay que tener en cuenta que en los atentados de París se da una circunstancia especial: el primer golpe no ha sido asestado por un Estado (al menos no por un Estado como estamos acostumbrados a concebirlos), sino por un grupo terrorista, una organización centrada en conseguir unos objetivos tan ilegítimos que para ello tienen que recurrir al odio, la muerte gratuita y la venganza despiadada. Las víctimas no eran soldados que al enrolarse aceptaban arriesgar sus vidas para defender los intereses de su ejército, sino civiles que disfrutaban de una noche de viernes ajenos a las reivindicaciones de los verdugos.  Sin saberlo, se han convertido en medios para alcanzar los objetivos de sus asesinos, en uno de sus argumentos irracionales para hacer presión. 6489179c09c0ccc3328986ff571b466d02807a00

Si un ataque cualquiera podía merecer una respuesta justa, un acto terrorista así reclama un castigo proporcionado a los culpables y a todos los que tejen el andamiaje de la organización; y a las causas que han permitido que un grupo haya logrado hacerse con un poder y una fuerza semejante al servicio del odio. Erradicar los motivos de los que brota su odio es la única solución verdadera al problema que plantean estos grupos; todo los demás solo servirá para dañar una corteza que se regenerará en el futuro.

En cualquier caso, toda intervención armada debe terminar en reconciliación. Esta puede verse dramáticamente complicada por la violencia inhumana o los abusos que se hayan cometido durante la contienda. ¿Quién podrá pedir que perdone a un pueblo que ha visto morir a sus niños ante la arbitraria caída de las bombas sobre las poblaciones? La guerra justa no puede olvida que su objetivo es garantizar el futuro, y para esto es necesario mucho más que la fuerza en el presente: hay que poner en juego todos los medios que puedan ayudar al progreso y la paz en cada rincón del planeta.

El debate de estos días, salpicado del nerviosismo y la tensión por una continua amenaza yihadista, puede haber olvidado algunos de los puntos que forman parte de la reflexión en torno a una guerra justa. El freno bélico no es ni mucho menos el primero que debe sopesarse, y ni siquiera debería plantearse cuando quedan varias vías de solución que por omisión se han descuidado durante meses y que ahora parecen muy difíciles de agotar. Haber ignorado durante todo este tiempo la amenaza que el ISIS constituía y las muertes que causaba no nos habilita para declararles ahora una guerra justa, sino que aumenta la culpabilidad de quienes no han querido mirar a los horribles crímenes que perpetraban. Es evidente que el infierno que el Estado Islámico está propagando debe ser atajado cuanto antes, y es un deber de justicia con las víctimas y con el orden social. Sin embargo, iniciar una guerra contra ellos no puede dejar la conciencia de Occidente tranquila, como si hubiera alcanzado esta “solución” después de un largo camino de soluciones frustradas, como si no fueran a tener parte de la responsabilidad de la devastación y la muerte que origine este conflicto.

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