Un Reino que se construye con vidas

img_1277Hace una semana, el grupo que durante dos años se ha llevado mis tardes de viernes (y mis oraciones y horas durante el resto de la semana) recibía el sacramento de la Confirmación. Se comprometían a mantener su “aquí estoy, Señor” delante de toda la Iglesia para que sus vidas den mucho fruto, acompañados siempre por el Espíritu que les saca de ellos mismos y les empuja a multiplicar sus vidas.
Como nadie puede cambiar el mundo solo y el compromiso necesita otros rostros y manos que te alienten, conforten y consuelen, eligieron que la siguiente etapa la recorrerán en las JEC (Juventud Estudiante Católica), para ser testigos de la fe en medio del instituto donde pasan un tercio de sus días de lunes a viernes. Y junto a ellos, su catequista pasa a ser animador y a acompañar, ahora ya a la misma altura, sus pasos, ayudándoles a levantar la vista, a mirar con el corazón y a ser cada vez más lo que Dios sueña de cada uno de ellos. ¿Primera consecuencia de esto? Compartir el sábado con el resto de animadores de España descubriendo, creciendo, aprendiendo y dando pasos para que nuestros chicos dejen huella en el mundo que tanto espera de ellos. Gente con ganas de Reino, de superarse y superar lo que lastra al mundo, con una mirada profunda y el testimonio de años sobre el altar del tiempo pasado entre grupos y vidas marcadas por la respuesta a los regalos que Dios siembra en cada uno, de la ofrenda que es cada joven transformado en apóstol y cada momento de alegría profunda que solo el corazón (y pocas veces la lengua) puede testimoniar.
Y todo esto, en los días previos a la fiesta de Cristo Rey: el Reino que se preside desde la Cruz, desde la Misericordia y desde la entrega que es más que cualquier generosidad. Miro ambos momentos (el del sábado 12 y el del 19, Plasencia y Salamanca), y reconozco el mismo sentido que emana esta celebración: la entrega de la vida completa para edificar todo lo que cada uno pueda del Reino de Dios: los chavales, en su vida, sus amigos, sus familias y su instituto; los animadores, en sus vidas, sus trabajos, sus comunidades y sus grupos; Cristo, en todos y en la Cruz. Un compromiso que no entiende de dedicarles ratos libres, solo de síes totales, sin reservas, de existencias transformadas para cumplirlo. El proyecto más inmenso y para el que se siguen necesitando vidas completas dispuestas a
instaurarlo donde se necesite, sin preguntas ni esperas. Una urgencia que gritan desde los rincones donde demasiado a menudo no miramos, y que nos recuerda que seremos negligentes con la vida y la fe si no las correspondemos compartiéndolas.

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