¡Feliz tú que has esperado!

8ae3bdf7fcc23c11f1f3ab50b26c8146“¡Feliz tú que has creído!” Y feliz tú que has esperado, María, que has confiado en la promesa y en que Dios sería fiel a su alianza con el mundo.

El pecado rompió la armonía de la mujer con la vida, fue la traición a su ser más íntimo. Pero contigo no solo se ha sanado aquella herida, sino que la maternidad se ha elevado hasta el punto de ser Puerta por la que Dios entra como hombre en el mundo para siempre.

“Feliz pecado que mereció tal Redentor”, y feliz pecado que hizo posible el milagro que rebasa todas las esperanzas, incluso las tuyas, María.

Acompáñanos en este tiempo de Esperanza en que renovamos la certeza de que caminamos hacia una meta. Refuerza en nosotros el ánimo y el deseo de seguir a tu Hijo en medio de los vientos que apagan la llama del amor primero, que hielan los corazones, que hacen olvidar las maravillas que Dios ha realizado.

Regálanos vivir este final del Adviento de la misma manera que tú viviste el primero: sorprendida por la propuesta del ángel, abrumada por haber sido elegida para ser la Mujer de la historia, esperanzada por lo que aquel niño significaba para Israel y para el mundo. También nosotros los sabemos, pero queremos descubrirlo entrañándolo como hiciste tú, sumergiéndonos tanto en tu esperanza (que es la Suya, la de Dios), que lleguemos a compartirla plenamente. La esperanza de un Dios enamorado del hombre hasta el punto de hacer todo lo posible por morir por nosotros, por salvar a todos, por hacer de los últimos los primeros, por enseñarnos a vivir la vida que se nos regaló y que nosotros habíamos emponzoñado. La esperanza de un Reino que también se nos ha confiado a nosotros para construirlo con cada instante de nuestra vida, sin anteponer ni buscar nada por delante de él, porque se trata de un proyecto que necesita vidas completas y no corazones y energías a medias. Se trata de colaborar contigo, María, y con tu Hijo, en el cumplimiento de la esperanza del Padre, en realizar el deseo de su corazón.

El Adviento es tiempo para vivir la esperanza, porque Dios mismo ha creído en nuestro mundo y en nuestra humanidad. Ha creído en cada persona que encontramos en nuestros días, en nuestras calles, en nuestros grupos, en nuestras eucaristías… ha creído en ellos y sobre todo en los que están invitados a ser como ellos. La gran esperanza del Adviento es que todo hombre conozca la salvación de Dios, que ni uno solo viva ajeno al sentido de su existencia. Lo demás, serán compases para acompañar la espera de la verdadera venida. Si no gastamos estas cuatro semanas en construir puentes por los que el Adviento, la venida, se haga personal en el corazón de otros, habremos perdido 28 días, y cientos de oportunidades por las que se nos examinarán.

La esperanza cristiana no entiende de brazos cruzados y esperas contemplativas. Es la esperanza del Mesías que se testimoniaba a sí mismo contando que los cojos andaban, los sordos oían y a los pobres les era anunciada la Buena Noticia. Una espera de acción. Una espera que es construcción, porque todo el que sea coherente con la fe en las promesas de Dios no puede permanecer quieto ante los que reclaman su derecho a recibir lo que ya nos ha dejado en su primera venida.

Es la espera de María, que se transforma en servicio a las pocas horas de recibir el anuncio del ángel. No ha dejado de ser una de las pobres de Yahvé que esperaba la llegada del Mesías en medio del olvido y la comodidad de sus contemporáneos. Dios la elige por ser pequeña, por ser como una niña que se fía aún en medio de la oscuridad y el cansancio, esperando que el Señor prenda por fin la antorcha de la luz y la alegría ¿Cómo está de lejos nuestra fe de esto? ¿Cuánto pueden las dificultades, las desilusiones, los fracasos…? ¿Dónde hemos olvidado las promesas que Dios ha hecho? ¿Por qué las hemos cambiado? ¿Acaso por la comodidad y el conformismo? ¿Acaso hemos alargado el tiempo ordinario en nuestras vidas con la rutina olvidando la mirada al horizonte a la que nos empuja el Adviento?

Se nos pide además que este tiempo de Adviento sea la ocasión en que demos esperanza, en que nos convirtamos en signos y motivos de esperanza para otros. Debemos ser pruebas de la acción de Dios en el mundo, como Isabel en la Anunciación: “Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios”. Dice Gaudium et Spes que “el futuro de la humanidad está en manos de los que sepan dar a las próximas generaciones razones para vivir y razones para la esperanza” (31) y afirma después que si los cristianos reconocemos y amamos a Cristo en todos los hombres con la palabra y las obras, en todo el mundo los hombres se sentirán despertados a una nueva esperanza (Cf. 93).

Necesitamos ser Marías de Adviento. La vocación solo se sostiene desde la certeza de que con Dios siempre lo mejor está por llegar, de que cualquier tiempo futuro será mejor, de que aún no hemos visto las obras mayores que nos esperan. Dios siempre tiene reservado más, como en el vientre de aquella mujer latía la Luz del mundo que nadie había podido contemplar jamás.

Así debe ser nuestra espera: con Dios en nuestro interior, pero deseando ardientemente que aparezca, que se manifieste. Como María deseaba durante aquellos nueve meses. Como los bienaventurados durante dos siglos.

¡Ven, Señor!

“El futuro de la humanidad está en manos de los que sepan dar a las próximas generaciones razones para vivir y razones para la esperanza” Gaudium et Spes 31

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