Ser quienes tenemos que ser (I)

atar.jpgEn uno de los evangelios de esta semana, Jesús acude a la sinagoga para enseñar al pueblo, y allí encuentra a un endemoniado al que libra de su mal. Se trata de uno de esos pasajes que a veces complican la comprensión, que parecen esconder más de lo que a simple vista se entiende, que animan a mirar más allá del milagro para no quedarse en la superficie.

Si nos acercamos detenidamente, descubrimos que desde el comienzo, tanto el espíritu inmundo como Jesús creen que este es el mesías. El demonio lo proclama (“Sé quién eres: el Santo de Dios”), pero no lo aclama, lo reconoce pero no lo adora. En cambio, de Jesús la gente dice que “no enseñaba como los escribas, sino con autoridad”, con una autoridad nunca vista: porque es transparencia de Dios. Él cree en Dios porque es Él mismo, y lo refleja nítidamente en su forma de actuar. Es coherente hasta el punto de que lo que hace es lo que Él mismo es, sin ruptura entre su identidad y sus obras.

Aquí reside la gran falta de autoridad que vivimos y padecemos. No de autoridad política, de imposición, de privilegio… eso más que autoridad es poder. La autoridad se basa en la coherencia, en la autenticidad, en la autoría de lo que hago. Alguien tiene autoridad porque es el primero no que cree algo que enseña, sino que lo vive y lo hace experiencia. Nuestra falta de autoridad hoy es más grave hacia nuestro propio interior que hacia fuera: refleja la ruptura entre lo que creemos y lo que comprobamos que hacemos, entre lo sublime del proyecto que hemos emprendido y la pobre realización que obtenemos por no implicar más que las fuerzas externas, sin invertir lo que guardamos en lo profundo de nosotros. Cuanta mayor sea nuestra fidelidad a lo que debemos ser, más cerca estaremos de esa autoridad que atrae, que mueve desde el interior porque en ella se reconoce autenticidad. Cuando nos demos cuenta de que es en las infidelidades pequeñas y continuas, en las que desdibujamos lo que debería ser transformándolo en la realidad con la que hemos de conformarnos sin pretender grandes cambios, donde nos jugamos de verdad hacer realidad el Evangelio y permitirle cambiar las primeras vidas: las nuestras propias. Mientras tanto, seguiremos anquilosados en la esquizofrenia, en la ruptura entre corazón y lengua y manos, en el pecado, en el descrédito y la desmotivación que nosotros mismos lamentos y provocamos.

Hoy, tenemos más a mano que nunca lo que Dios espera de nosotros y de la Iglesia (textos, documentos, contenidos, formación, medios…), y sin embargo nos obcecamos en la sordera, en continuar viviendo según nuestros esquemas, en ser fieles al setenta por cien para no llegar a arriesgar la porción que nos pondría radicalmente en juego. No acabamos de comprender que cuando solo transparentas a Dios con una parte de tu vida, es mucho más lo que ocultas que lo que dejas traslucir. Parecemos haber olvidad que la coherencia no es solamente una exigencia del exterior, del testimonio, del mundo, sino de lo más íntimo de nuestra fe.

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