El verdadero milagro

Oscuridad-1024x520.jpgEl verdadero milagro no son los fuegos artificiales, lo impresionante o lo prodigioso. El verdadero milagro es romper el sepulcro; empujar, porque hasta bajo tierra se filtra una ráfaga de luz; mover las losas que te aplastan; entregarse con confianza a unas manos que no ves, que no tocas, que no oyes, pero que sientes como cercanas y amantes, amantes más allá de la muerte de en las muertes que forman todas las vidas.

El verdadero milagro no acontece solo en lo extraordinario de la curación o de la resurrección. El verdadero milagro se esconde tras las señales de Dios en cada día, en lo cotidiano, en lo diario en los rostros con que te cruzas y en el espejo en que te reflejas; en el sagrario, en el servicio desinteresado y en la oración sincera que sube desde un rincón de este mundo que es obra de arte de Dios.

El verdadero milagro es el que da credibilidad a los otros, porque difícilmente tendrá fe quien no experimenta a Dios en su día a día, quien no ha hecho de Cristo su agenda, su diario y su lámpara de mesita de noche, quien no camine acompañado aun yendo solo, quien no hay resucitado después de haber muerto, como todos, tantas veces.

 

Necesitamos más radicales

centro-amigo-web-796x448.jpgLos radicales que el mundo necesita son
los de la misericordia entrañable y entrañada,
los del perdón inagotable,
los de la mirada profunda,
los del acompañamiento al ritmo,
los de la exigencia y la compasión,
los de la mano incansable,
los de la Palabra y no las palabras,
los del tiempo compartido a fondo perdido,
los que no tienen más interés que quien está ante ellos en cada momento,
los que piden pero dan,
los que nunca se agotan porque comparten lo que no se acaba,
los que se acuestan cansados pero con el día lleno de caras, nombres e historias,
los que son puentes y no muros,
los que prestan sus alas para que otros vuelen,
y sus gafas para que otros vean,
y sus pies para que otros caminen,
y sus sueños para hacer realidad el de Dios.

Estos son los verdaderos radicales, los auténticos fundamentalistas que han descubierto el fundamento de la fe: el Amor que es Dios apasionado por cada hombre, especialmente por los que no saben cómo llamarlo o lo han olvidad por el camino.

Radicales sin razones, sin más razones que el Amor en persona.

¡Sed felices!

o-summer-happy-kid-facebookEl Evangelio de este domingo habla de la fe, de la religión, en unos términos muy contrarios a los que llenan nuestra sociedad. Habla de felicidad, de estilo de vida, de vidas llenas, de recompensas aquí y más allá… de todo lo que llena programas, libros de autoayuda, cuentas en redes sociales y un largo etcétera de “productos” psicológicos en los que cada vez más se busca esa receta para la felicidad que el hombre ha nacido programado para alcanzar y que parece estar cada vez más convencido de que es difícil de encontrar.

El texto de hoy es un canto de esperanza, de ánimo para los que se han desesperado en el camino de encontrarla, de los que creen que por la situación que viven han sido privados de esa felicidad que solo está al alcance de unos pocos. Es un grito a las conciencias de los que tienen de sobra y aun así están vacíos por dentro, y una mirada elogiosa hacia los que, contando con poco, y sin conformarse con sus condiciones de vida, proclaman con su alegría la victoria de los sencillos, los humildes, los que viven preocupados por la vida y no por lo material ni lo efímero. Las bienaventuranzas son la declaración de derechos y deberes de los que quieren de verdad vivir en paz y tranquilidad: derecho a perdonar, a mirar con un corazón limpio, a estar triste y ser consolado, a construir la paz, a ser llamados hijos de Dios y hacer su voluntad… Es el regalo del Dios que quiere que su obra maestra no siga buscando sin éxito su felicidad y comience, por fin, a vivir aquello para lo que fue creada.

Y, ¡sorpresa! No dice nada que pueda sonar opresor, pues el verdadero Evangelio es un canto a la libertad. No se puede hablar de una felicidad que somete, pues el primer requisito para ser feliz es ser libre para poder elegir serlo:

para poder rechazar el casi inconsciente espíritu de materialismo y consumismo, el tanto tienes, tanto vales, y comenzar a vivir solo con lo que necesitamos para que otros puedan hacer lo mismo;

para tener el valor de reconocer nuestra tristeza, nuestra limitación, nuestros fracasos, y estar así en condiciones de esperar unas palabras de consuelo y unas manos que sequen o compartan nuestras lágrimas;

para elegir no escalar ni trepar, no aparentar para ser el primero, sino escoger la sinceridad y la verdad de lo que somos y tenemos;

para comprometernos hasta el fondo con nuestra fe, con lo que nos pide y con los que necesitan que la vivamos de una vez por todas de verdad;

para perdonar y olvidar, y librarnos de una vez de las pesadas cargas que el rencor coloca en nuestra vida; para poder devolver a nuestros ojos la limpieza, las miradas sin juicios, el valor infinito de cada persona que se acerca y de cada momento compartido;

para remar contracorriente construyendo la paz con cada uno de nuestros gestos y palabras, y no con grandes declaraciones, tuits o proclamas que se nos olvidan ante los que tenemos más cerca;

para aceptar ser perseguidos, señalados, etiquetados por defender lo que de verdad creemos, sin tener que guardar silencio por el miedo al qué dirán;

para poder ser, al fin, felices como queremos, y como parece que aún no nos hemos atrevido a ser de verdad. Es tiempo de demostrar que se puede.


Bienaventuranzas (Mt 5) (más…)

Ojos que ven

Captura-de-pantalla-2015-08-18-a-las-12.15.32.pngLa fe es el mejor regalo, tanto que podemos dar (creer en alguien), como que podemos recibir (que alguien te asegure que confía en ti). Significa que ha descubierto algo que para otros pasa inadvertido, que realmente hay algo que le invita a arriesgar por ti porque siente que no quedará defraudado, ve algo que a otros se les escapa. Se la juega por ti y espera ganar.

Algo similar ocurre con Dios. La palabra “fe” está en el diccionario básico de todo creyente y está demasiado manida de tanto moverla de un sitio a otro a diario. Pero, ¿no estará también demasiado arriba para los que están dando los primeros pasos en ella? Algunas veces, la fe se ha convertido en una respuesta fácil pero demasiado misteriosa para problemas que tenían una solución más cercana, con más peso de la razón… No se trata de creer todo por creerlo, sino de comprender poco a poco lo que podemos conocer y después convencerse de que realmente merece confianza lo que va más allá, porque hemos descubierto que Dios no engaña, no falla, no miente, no disimula, no camufla, no vende medias verdades. Pide la vida entera, y por eso reclama el paso de la fe, de lo más arriesgado que guardamos dentro, para poder darnos aún más que todo lo que podemos ofrecer nosotros.

Entonces aparece la fe, como un regalo que nos ayuda a saber que no se trata de pan y vino, sino de Cuerpo y Sangre; que no son palabras vacías, sino oraciones que van directas a un Corazón que siente lo mismo que el nuestro; que los tramos del camino que parecen oscuros no lo son tanto, porque hay otras dos huellas a nuestra lado para invitarnos a confiar un poco más, a vencer un poco más el miedo, a vivir más de los regalos y menos de las seguridades de nuestra zona de confort. Entonces la vida se convierte en una historia que leer cada día, con ojos nuevos, como si en otra tinta se estuviese narrando un relato con sentido que recorre cada espacio y momento que vivimos. “Si tuvierais fe como un grano de mostaza…”.

Ser quienes tenemos que ser (I)

atar.jpgEn uno de los evangelios de esta semana, Jesús acude a la sinagoga para enseñar al pueblo, y allí encuentra a un endemoniado al que libra de su mal. Se trata de uno de esos pasajes que a veces complican la comprensión, que parecen esconder más de lo que a simple vista se entiende, que animan a mirar más allá del milagro para no quedarse en la superficie.

Si nos acercamos detenidamente, descubrimos que desde el comienzo, tanto el espíritu inmundo como Jesús creen que este es el mesías. El demonio lo proclama (“Sé quién eres: el Santo de Dios”), pero no lo aclama, lo reconoce pero no lo adora. En cambio, de Jesús la gente dice que “no enseñaba como los escribas, sino con autoridad”, con una autoridad nunca vista: porque es transparencia de Dios. Él cree en Dios porque es Él mismo, y lo refleja nítidamente en su forma de actuar. Es coherente hasta el punto de que lo que hace es lo que Él mismo es, sin ruptura entre su identidad y sus obras.

Aquí reside la gran falta de autoridad que vivimos y padecemos. No de autoridad política, de imposición, de privilegio… eso más que autoridad es poder. La autoridad se basa en la coherencia, en la autenticidad, en la autoría de lo que hago. Alguien tiene autoridad porque es el primero no que cree algo que enseña, sino que lo vive y lo hace experiencia. Nuestra falta de autoridad hoy es más grave hacia nuestro propio interior que hacia fuera: refleja la ruptura entre lo que creemos y lo que comprobamos que hacemos, entre lo sublime del proyecto que hemos emprendido y la pobre realización que obtenemos por no implicar más que las fuerzas externas, sin invertir lo que guardamos en lo profundo de nosotros. Cuanta mayor sea nuestra fidelidad a lo que debemos ser, más cerca estaremos de esa autoridad que atrae, que mueve desde el interior porque en ella se reconoce autenticidad. Cuando nos demos cuenta de que es en las infidelidades pequeñas y continuas, en las que desdibujamos lo que debería ser transformándolo en la realidad con la que hemos de conformarnos sin pretender grandes cambios, donde nos jugamos de verdad hacer realidad el Evangelio y permitirle cambiar las primeras vidas: las nuestras propias. Mientras tanto, seguiremos anquilosados en la esquizofrenia, en la ruptura entre corazón y lengua y manos, en el pecado, en el descrédito y la desmotivación que nosotros mismos lamentos y provocamos.

Hoy, tenemos más a mano que nunca lo que Dios espera de nosotros y de la Iglesia (textos, documentos, contenidos, formación, medios…), y sin embargo nos obcecamos en la sordera, en continuar viviendo según nuestros esquemas, en ser fieles al setenta por cien para no llegar a arriesgar la porción que nos pondría radicalmente en juego. No acabamos de comprender que cuando solo transparentas a Dios con una parte de tu vida, es mucho más lo que ocultas que lo que dejas traslucir. Parecemos haber olvidad que la coherencia no es solamente una exigencia del exterior, del testimonio, del mundo, sino de lo más íntimo de nuestra fe.

Un Reino que se construye con vidas

img_1277Hace una semana, el grupo que durante dos años se ha llevado mis tardes de viernes (y mis oraciones y horas durante el resto de la semana) recibía el sacramento de la Confirmación. Se comprometían a mantener su “aquí estoy, Señor” delante de toda la Iglesia para que sus vidas den mucho fruto, acompañados siempre por el Espíritu que les saca de ellos mismos y les empuja a multiplicar sus vidas.
Como nadie puede cambiar el mundo solo y el compromiso necesita otros rostros y manos que te alienten, conforten y consuelen, eligieron que la siguiente etapa la recorrerán en las JEC (Juventud Estudiante Católica), para ser testigos de la fe en medio del instituto donde pasan un tercio de sus días de lunes a viernes. Y junto a ellos, su catequista pasa a ser animador y a acompañar, ahora ya a la misma altura, sus pasos, ayudándoles a levantar la vista, a mirar con el corazón y a ser cada vez más lo que Dios sueña de cada uno de ellos. ¿Primera consecuencia de esto? Compartir el sábado con el resto de animadores de España descubriendo, creciendo, aprendiendo y dando pasos para que nuestros chicos dejen huella en el mundo que tanto espera de ellos. Gente con ganas de Reino, de superarse y superar lo que lastra al mundo, con una mirada profunda y el testimonio de años sobre el altar del tiempo pasado entre grupos y vidas marcadas por la respuesta a los regalos que Dios siembra en cada uno, de la ofrenda que es cada joven transformado en apóstol y cada momento de alegría profunda que solo el corazón (y pocas veces la lengua) puede testimoniar.
Y todo esto, en los días previos a la fiesta de Cristo Rey: el Reino que se preside desde la Cruz, desde la Misericordia y desde la entrega que es más que cualquier generosidad. Miro ambos momentos (el del sábado 12 y el del 19, Plasencia y Salamanca), y reconozco el mismo sentido que emana esta celebración: la entrega de la vida completa para edificar todo lo que cada uno pueda del Reino de Dios: los chavales, en su vida, sus amigos, sus familias y su instituto; los animadores, en sus vidas, sus trabajos, sus comunidades y sus grupos; Cristo, en todos y en la Cruz. Un compromiso que no entiende de dedicarles ratos libres, solo de síes totales, sin reservas, de existencias transformadas para cumplirlo. El proyecto más inmenso y para el que se siguen necesitando vidas completas dispuestas a
instaurarlo donde se necesite, sin preguntas ni esperas. Una urgencia que gritan desde los rincones donde demasiado a menudo no miramos, y que nos recuerda que seremos negligentes con la vida y la fe si no las correspondemos compartiéndolas.

Presencia

Footprints_on_the_Beach.jpgLos cristianos solo lo somos realmente cuando somos testigos de la Resurrección hagamos lo que hagamos. Testigos alegres del “Dios de mi alegría” que torna la amargura en paz con su presencia. Es la presencia de Dios la que libera a Israel, la que resucita, la que hace obrar milagros (“Porque Dios estaba con Él”). La presencia de Dios es una promesa y una realidad, pero implica también “tenerlo presente”, ser consciente de que Dios está en mi vida, a mi lado, me acompaña: recorre mis caminos, habla con mis interlocutores, se detiene en mis entretenimientos, trabaja en mis tareas.
Por esto puedo estar seguro de que mi trabajo dará frutos, de que llegará a corazones, de que mi vida cumplirá su misión: porque será Dios el que coopere conmigo (o viceversa) y unja cada paso.
Esto es la fe en la Resurrección. Esta es una de sus implicaciones en el siglo XXI: creer que no estoy solo, que todo un Dios se mueve conmigo, me alienta, me envía. El mismo que lanzó a los apóstoles y dio fruto a sus trabajos. Esta es la experiencia de la Pascua. Este es el encuentro que da sentido a todos los encuentros, la Vida que da sentido a mi vida.
Y entonces, cada latido da testimonio de quien lo provoca. Cada paso, de quien me ha enseñado a darlo y me acompaña. Toda la vida del primero que la Vivió hasta el extremo