Los ídolos de nuestra sociedad

gente-caminando-620x350.jpgPara muchos, es el pan de cada día: recibir insultos y críticas por referirse al comportamiento o las palabras de una persona considerada como bandera de una ideología o una opinión. Escribo estas líneas en medio de la polémica que ha despertado la sentencia por humillación de las víctimas del terrorismo de la tuitera Cassandra Vera (Ramón Vera, según recoge la sentencia de la Audiencia Nacional), ante los HT de apoyo y el TT con su nombre en Twitter, cargado hasta los topes de exaltaciones, alabanzas. No voy a entrar a valorar aquí si considero más acertada o menos la sentencia, si comparto o no que el humor no tenga límites y pueda profanarse algo tan sensible como es el asesinato (y más aún el terrorismo), porque no tengo la competencia necesaria. Ni siquiera voy a evaluar los tuits que, como armas arrojadizas, se están recuperando para mostrar que no solo Carrero Blanco fue objeto de bromas negras, sino que hay algunas en tono más amenazante y recientes.

La verdadera reflexión que me ha surgido al hilo de todo esto es la peligrosidad de ensalzar a determinadas personas como encarnaciones de ideologías o causas. Hoy es este caso concreto, pero todos tenemos en la mente otros referentes contemporáneos que se convierten en bandera de ideas políticas, sociales, culturales… y que acaban por endiosarse de tal manera que cualquier crítica a una de sus palabras o gestos es vista por sus simpatizantes (y en ocasiones por el grueso de la sociedad) como una provocación o una agresión. Esto, que es más viejo que nada y existe en la historia desde que el hombre es hombre, es literalmente idolatrar (según la RAE: Amar o admirar con exaltación a alguien o algo), y lo triste es que es una de esas conductas que ciega, porque nos impide ver que detrás del ídolo hay una persona tan de carne y hueso como nosotros mismos, plagada de aciertos y errores, con sus meteduras de pata y sus éxitos y convicciones loables. No todo lo que exhalan los famosos, ni los personajes encumbrados, es oro. La corrección o la verdad no es algo que tenga denominación de origen, que venga definido porque procede de este o de aquel. Y quizás la mejor vara para medir la calidad de una idea sea comprobar si detrás de ella hay una adoración y defensa a ultranza de sus representantes, o si hay un juicio crítico de sus apariciones. Lo contrario, es presumir que todo el que critica siempre se equivoca y que nuestro líder es infalible.

Por no hablar de lo triste que tiene que ser haberte convertido en el objeto-imagen de un movimiento. Despojado de tu personalidad, reducido a caricatura de tus ideas y despojado de cualquier opción a corregir tus fallos, mejorar o desradicalizarte en tus posturas. Por no hablar de cuando tendrás que comportarte de una manera determinada porque es lo que se esperará de ti… Porque eres icono, y no persona. Eres el portavoz de una idea, y no el dueño de las tuyas propias. La idea te posee a ti, y no tú posees las que quieras. Demasiado caro este precio de la fama para venderse entero a ella y entregarse a sus consecuencias.

Ojalá estas situaciones muevan a algunos  (incluido yo mismo, el primero) a replantearse su posición en medio de esta sociedad. A reflexionar si de verdad son defensores de una idea o si son palmeros de sus exponentes; si pretenden hacer progresar a la humanidad con una convicción, o si están dando culto a una serie de personas que gritan consignas que se parecen a lo que yo pienso. Ayer se ofrecía incienso y sacrificios a los dioses, hoy se les consagran nuestras opiniones. Lo de ayer era culto externo. Lo de hoy es entregarles lo más interior que poseemos.

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Hablar desde dentro

8b562c5fe5398e9bd8e124f78f3e294fAyer fue el cumpleaños de una amiga. Como siempre, me puse delante del teléfono a intentar traspasar todo lo que significaba su amistad para mí y así poder componer una felicitación que sirviese de regalo para alguien que está a demasiados kilómetros como para poder celebrarlo personalmente. El texto, conforme sumaba palabras, se va plagando de conceptos abstractos: “amistad”, “profundo”, “corazón”, “confianza”, “gracias”… y a cada uno de estos que se suma, el sentimiento que va escondido en él, el que intenta designar sin que las palabras lleguen a portarlo del todo.

Esta situación no puede sonarnos extraña a ninguno. A menudo escribimos este tipo de mensajes bien por Whatsapp, correo electrónico, Twitter, Facebook o algún medio más convencional. Cuanto más tratamos con una persona, más invadimos el campo de los términos abstractos, de los profundos, y nos damos cuenta de que pisamos en un terreno en el que lo que decimos no es verificable, ha perdido las posibilidades de comprobación que tiene lo concreto. ¿Y acaso esto ha de detenernos? Por supuesto que no. Este es el punto que aumenta todo el valor que estas palabras tienen: que aunque no pueden probarse materialmente, son tan verdaderas como las demás. Es el poder de un “te quiero” pronunciado con el ritmo del corazón, dejando que sean sus latidos los que modulan el sonido, y no solo las cuerdas vocales. Uno de esos que cuando se reciben parecen ser imparables, imposibles de detener por nada ni nadie.

Sin embargo, en este campo de los abstractos hay una trampa. Si no puede demostrarse, mentir puede convertirse en una opción para los que no valoren lo suficiente a la persona a la que se los dirigen. En ese caso, son palabras vacías, simples letras que no llevan a ningún sitio más allá de la mentira, y donde esta habita, lo hace también la decepción, el desengaño y la tristeza. Es el caso de los que utilizan un “te quiero” o cualquier halago con una facilidad que evidencia que no hay nada sosteniéndolo, los que se han acostumbrado a utilizarlos hasta tal punto que no recuerdan lo que significan, ni lo sienten cuando lo dicen ni pueden entenderlo cuando lo escuchan, y esta es la mayor tristeza que sufren.

Las palabras profundas son las que embellecen de verdad a un idioma, las que permiten que los simples caracteres lleguen hasta el corazón, las que se cuelan en ese punto donde se empieza a sentir. De cómo las uses dependerá cómo hagas sentir. Si escoges utilizarlas cuando tienen sentido, si no juegas con ellas, estoy seguro de que sonreirás más de una vez cuando te las dirijan, te estarás convirtiendo en uno de los que ellas buscan para designar.

Eres especialista en algo

startupAyer, el Papa Francisco participó en una videollamada con varios chicos discapacitados, entre ellos algunos españoles. Durante la conversación, una chica le preguntó si le gustaba hacer fotografías y después pasarlas al ordenador, a lo que respondió: “¡Soy un tronco con la máquina! No, no uso el ordenador”. Poco después, le confesaría a otro niño que tampoco tiene tablet. ¿Poco sorprendente? Quizás, pero cuando has leído las continuas llamadas del Papa Francisco a estar presente en las redes sociales, a ser “ciudadanos del mundo digital”, a no quedarnos atrás y sumarnos a las nuevas tecnologías, llama la atención ver con qué serenidad él se ha quedado fuera y ha dejado el lugar para los que pueden hacer esa labor mejor que él.

En el fondo, parte de la realidad de que cada uno tenemos nuestros dones, nuestras cualidades, y, por tanto, nuestro lugar. Tenemos lo justo para hacer felices a las personas que tenemos delante haciendo lo que sabemos hacer, aquello para lo que estamos dotados y que sabemos que es lo nuestro. Esto no significa que ya esté todo hecho, al contrario: implica que hay que renovar el esfuerzo para mejorar, tomarse en serio nuestras cualidades para que puedan servir a muchos y lleguen a todos los que están esperando todo lo que pueden dar. El Papa Francisco no escribe su propio blog, pero sus palabras tocan el corazón de millones de personas que las reciben en todo el mundo. ¿Cómo? Gracias a los periodistas, que se esfuerzan en transmitir la información y se olvidan de otras empresas tan necesarias como pudiera ser la medicina o la construcción de puentes. Igualmente, los sacerdotes no intentan pilotar aviones, los abogados no son especialistas en mecánica y los químicos no se ganan la vida apagando incendios. Cada persona es única, porque la misión a la que está llamada es única.

¿Cómo empezar? Conociéndote, descubriendo cuál es tu terreno y cuánto pueden recibir los que se acerquen a él. Haz la prueba: en cuanto encuentres lo mejor que tienes y comiences a darlo, la gente se acercará a ti buscando eso y no otras cosas. Eres especialista en algo, y todos necesitamos que empieces a demostrárnoslo.

Vivir más allá

couple-cute-girl-guy-instagram-Favim.com-273674Hace unos días encontré una entrada de blog que pretendía ayudar a los que se sienten dolidos ante fotos de Instagram que les hacían envidiar a sus protagonistas. Imágenes recibidas en un momento de bajón sentimental o de falta de forma anímica y que se convierten en un torpedo capaz de causar estragos interiores. ¿El secreto para superarlas? Su brevedad. Según el bloguero, ese momento capturado duraba exactamente lo mismo que el flash de la cámara que lo retrataba, y no podía tener una repercusión que la superase en mucho más tiempo. Supongo, por una confianza natural en la bondad que tenemos dentro, que no todas las imágenes que veo a diario en Instagram son meras representaciones teatrales de algunos que buscan aparentar lo que no viven o, peor, ser envidiados por otros por lo que ellos mismos envidian y simulan. Muchas serán tan ciertas como el estremecimiento que nos provocan por dentro: la chica que sonríe con su nuevo teléfono frente al espejo sigue empuñándolo al subir la foto, la pareja que mira a la cámara no se ha separado en toda la tarde como afirma el comentario y los amigos que intentan no salirse del selfie que uno de ellos toma desde una esquina han disfrutado realmente de ese rato en compañía. Y que esto sea cierto, aunque sume peso a la situación y a la repercusión que tiene, hace que esté dañando algo real, no una pantomima.

Pero esto no es todo. Si digo que te duele, también te pido que mires más allá para no paralizarte en un momento (como las fotografías). Mi razón para no quedarse llorando ante la pantalla es la cantidad de vida que hay más allá de ella, y de la que no es más que un lugar en que pasamos algo de nuestro tiempo y contamos parte del resto.  Quizás sea más duro reconocer los minutos que te ha quitado ese tuit o esa foto, lo que podías estar haciendo cuando solo pensabas en lo mal que te había sentado encontrarlo. Es posible que si hubieses estado ocupado, o te hubieses puesto inmediatamente, a leer, dibujar, llamar a un amigo o estudiar, al poco tiempo tú mismo podrías decir algo con más sentido que una simple queja, y te sentirías mejor. Y si hubieses hecho todo esto antes, la pareja sonriente de la foto no habría mirado a alguien que se descomponía ante ellos, sino a alguien tan enriquecido por lo que estaba viviendo fuera que era capaz de aguantar ese golpe. La clave, vivir lo que hacemos en Internet, pero también vivir más allá.

El problema de la envidia no está en lo que los otros tienen, sino en lo que sientes que a ti te falta. Si disfrutas de los minutos y no dejas huecos, la próxima foto no encontrará tantos lugares por los que colarse hasta dentro, podrás alegrarte de que sean felices, porque todos estaréis haciendo lo que os acerca a ser la mejor versión de vosotros mismos.

Paz en el continente digital

Imagen
(Imagen de la campaña #PrayForSyria. Propiedad de iMisión)

Nunca he hablado de ellos por aquí, pero estoy convencido de que los iMisioneros están realizando una labor muy necesaria y que va a ayudar a cambiar, si no el mundo en que nos movemos, al menos sí este sexto continente que es Internet.

Para los que no lo conozcáis, iMisión es un proyecto creado hace ya unos meses por dos religiosos (@xiskya y @smdani) para evangelizar en Internet: hacer misión en la red teniendo claro que esta no es un medio, sino un lugar en el que millones de personas hacen su vida o una gran parte de esta. Es, por tanto, un lugar habitado.

Pero, ¿cómo contribuye este proyecto a cambiar nuestra realidad? Promoviendo la paz, algo tan necesario en una semana como la actual. En el ángelus del domingo 1 de septiembre, el Papa Francisco habló así a los jóvenes de distintos países: “Comprometeos a conoceros y a emprender proyectos juntos. Así instauraréis una cultura de paz”. Y ese conocimiento, esa colaboración intercultural, es una de las bazas de iMisión, conformada por voluntarios de muy diversos países y culturas que unen sus tuits y sus mensajes en la red con el propósito de acercar, cada día un poco más, el Evangelio a sus seguidores. Así, una frase emitida por un usuario español pronto encuentra respuesta desde el otro lado del Atlántico, creándose una red que protege frente a la división y la discordia, y facilitando el encuentro y el diálogo para aumentar la fraternidad. No se trata de una simple comunidad que comparte intereses y cuyos miembros se relacionan entre ellos, si no que trasciende del mundo digital convirtiendo las relaciones trabadas en auténticas amistades que muestran como la cooperación y la paz no es una meta complicada y utópica, si no que se trata del camino por el que debemos progresar.

Además, no podemos olvidar las campañas de oración secundadas por centenares de personas, como la que pedía la paz en Egipto (#PrayForEgypt) o la que hace lo propio con Siria (#PrayForSyria). Unas cadenas cuyos orígenes se pierden entre el maremágnum de respuestas que reciben y que llevan la invitación a todos los rincones del continente digital.

Sin duda, un grandísimo acierto la creación de esta comunidad de misioneros digitales porque, además de ofrecer algo tan necesario como el Evangelio en línea, contribuye paralelamente a llevar esperanza, unir personas y tender lazos que pacifican nuestro día a día.

Para más información acerca de iMisión, podéis visitar su página web: imisión.org; su Twitter, @imision20; o su Facebook.

Tenía que lanzarme

ImagenLo pone en la introducción del blog, la idea de crearlo llevaba rondando mi cabeza desde hace meses.  Sin embargo, ni siquiera las vacaciones de Navidad parecen haber sido suficientes para decidirme a empezar con él. Supongo que aquí brotan las mismas dudas que antes de empezar con la chica por la que suspiras: hay demasiado miedo al fracaso y la confianza en ti mismo va disminuyendo cada día un poco más. Aunque parezca todo lo contrario, esto tiene muchísimo que ver con el amor, porque no es más que estar enamorado de una persona de la que quiero que los demás os enamoréis. Y eso es lo que pretenderé descaradamente desde aquí, enredaros con ese que llegó en un momento de mi vida y me hizo ver que podía hacerme feliz como nadie lo había conseguido hasta ahora.

Este va a ser mi regalo de Reyes, tirarme a la piscina y “lanzarme” esperando que todo salga como tenga que salir. El amor implica no confiar solo en ti, sino hacerlo tanto o más en la otra persona. En que se alegrará contigo cuando sonrías y te sujetará cuando te tambalees. De eso se trata esto también, de confiar.