“¿Dónde están?”

De paso, childs-eyescomo entre Jerusalén y Samaría, como tantas otras veces en mi vida, hoy también has vuelto a cruzarte. A detenerme. A tocarme para sanarme; aunque no me haya dado cuenta hasta dar media vuelta y algunos pasos. Pero he sabido regresar (más por tu misericordia que por mi destreza) y postrarme para darte gracias. Por el pequeño milagro (grande a ojos sinceros) que acabas de hacer en mí.

Y se me clavan tus palabras, tu pregunta, dos palabras en las que no leo el reproche ante la ingratitud, sino el desgarro doloroso del amor no correspondido. “¿Dónde están?”. Se me clava. Digo que se me clava porque yo era de ellos, yo tampoco estaba contigo, yo también me había marchado y me refugiaba esperando que no supieses muy bien dónde. Se me clava el dolor de no saber siquiera dónde están tantos a los que por amor has devuelto la vida, a los que has salvado en tantos instantes, a los que has restaurado pedazo a pedazo.

“¿Dónde están?”. Que bien podía continuar “¿… y dónde estabas mientras te extrañaba?”. Y es que quizás la respuesta a la primera pregunta sea la misma que para la segunda. Porque los refugios son pocos y Dios, que lo sabe, cura a uno para que muchos otros deseen curarse al verlo.

“Vete”. Salvado. Reconciliado. Y reencuentra a los que se esconden de Quien nada se puede temer.

Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están?” Lc 17, 17

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El amor verdadero es solo el primero

montaña escalador.jpgEl frío del amor primero es la prueba de que no nos bastamos solos, de que la vida no depende de nosotros, de que no vivimos para nosotros mismos.

Es la oportunidad de renacer, de recargar el aceite en la Lámpara, aceite que no se hiele como esa insípida agua con que tantas veces intentamos calmar nuestra sed.

Es el grito de Dios enamorado, que nos repite que nos pensó y amó tanto que no podemos conformarnos con menos que arder, vivir, llenar el corazón que, intencionadamente, hizo grande.

Es la prueba de que el amor primero nunca puede ser recuerdo, sino vida; de que no puede añorarse, sino actualizarse; de que nunca podremos agotarlo, porque no lo encendimos nosotros. Y si se vuelve recuerdo, añoranza o, simplemente, vacila, no será él lo que muera, sino nosotros, que estaremos de nuevo en el instante en que nos jugamos la vida: vivir fieles o adormecernos cómodos, poner pasión o pasar a segunda fila, saltar de nuevo y más lejos o instalarse a un lado de la vida.

Porque el amor primero es la columna de fuego, y cuando parece enfriarse es porque va por delante y nos pide salir hacia allí una vez más. Pide fidelidad. Pide vivir en un amén constante, que no es lo estático del “que así sea”, sino la permanente novedad del “que así se haga en mí”.

 

Ha llegado el momento

611x458.jpgEl momento está cerca. Ha llegado la hora de cumplir la misión para la que hemos nacido, de librar la batalla a muerte propia donde nos jugamos la vida; de aceptar, hasta el final del via crucis, que somos cristianos y queremos vivir como tales.

Ha llegado el momento, un año más, y ojalá el último que nos sorprende distraídos, dispersos en tantas cosas, con los ojos atentos a demasiados asuntos demasiado poco importantes. Ojalá escuchemos desde hoy mismo que nuestro corazón desea ardientemente comer esta Pascua, como el Suyo; que está dispuesto a entregarse, siguiendo las huellas de aquel que inauguró el abajarse; que quiere ser fiel y olvidar tantas negociaciones, con Su mirada que curaba, amaba y prometía el Paraíso; que quiere proclamar, con la vida más que con las palabras, que la muerte  ha perdido el último turno y Jesucristo, resucitando, ha escrito la primera línea de una Historia interminable.

Ha llegado el momento de soltar los cerrojos, deshacerse del lastre, rechazar lo que nos entibia y subir hasta la cumbre del Calvario. No por masoquismo o afán de dolor, sino porque allí, en un hombre (que es el Hombre), Dios mismo nos muestra nuestro verdadero sentido: morir en lugar de matar, servir en lugar de ostentar, comprometerse en lugar de observar… amar en lugar de sobrevivir.

Cuando da las instrucciones a los discípulos para la Última Cena, Jesús les indica que al dueño de la casa deben decir: “El Maestro dice: mi momento está cerca” Mt 26

Luz y chispas

Diseño sin título (6).pngLa luz puede ser una chispa, una ráfaga, un flash, una explosión, un deslumbramiento, un destello, un titilar intermitente. Puede ser un rayo que inunda de claridad el camino pero es tan breve que es casi imperceptible. Se puede intentar caminar con estas luces, pero se tropieza, se cae y no se aprecia ni siquiera el camino que atravesamos.

Pero la luz también puede ser farol, lámpara o candil. Puede ser hoguera, hogar, antorcha. También son luces las farolas, los faros, las linternas, las bombillas… y ellas sí permiten caminar, sin riesgo, no traicionan, no esconden más que muestran, no se alían con la oscuridad. Algunas, incluso, calientan en medio de la tempestad física o espiritual.

“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas”. El que apuesta por una Luz en medio de los fogonazos y las ráfagas. El que se aferra a un simple haz de Luz que, aunque sea costoso y a veces parezca casi insuficiente, asegura más pasos que la intermitente claridad de los sucedáneos. El que solo pone el corazón a la luz del faro seguro, y no deja que lo quemen las intensas, efímeras y atractivas chispas de las tinieblas.

El verdadero milagro

Oscuridad-1024x520.jpgEl verdadero milagro no son los fuegos artificiales, lo impresionante o lo prodigioso. El verdadero milagro es romper el sepulcro; empujar, porque hasta bajo tierra se filtra una ráfaga de luz; mover las losas que te aplastan; entregarse con confianza a unas manos que no ves, que no tocas, que no oyes, pero que sientes como cercanas y amantes, amantes más allá de la muerte de en las muertes que forman todas las vidas.

El verdadero milagro no acontece solo en lo extraordinario de la curación o de la resurrección. El verdadero milagro se esconde tras las señales de Dios en cada día, en lo cotidiano, en lo diario en los rostros con que te cruzas y en el espejo en que te reflejas; en el sagrario, en el servicio desinteresado y en la oración sincera que sube desde un rincón de este mundo que es obra de arte de Dios.

El verdadero milagro es el que da credibilidad a los otros, porque difícilmente tendrá fe quien no experimenta a Dios en su día a día, quien no ha hecho de Cristo su agenda, su diario y su lámpara de mesita de noche, quien no camine acompañado aun yendo solo, quien no hay resucitado después de haber muerto, como todos, tantas veces.

 

Los ídolos de nuestra sociedad

gente-caminando-620x350.jpgPara muchos, es el pan de cada día: recibir insultos y críticas por referirse al comportamiento o las palabras de una persona considerada como bandera de una ideología o una opinión. Escribo estas líneas en medio de la polémica que ha despertado la sentencia por humillación de las víctimas del terrorismo de la tuitera Cassandra Vera (Ramón Vera, según recoge la sentencia de la Audiencia Nacional), ante los HT de apoyo y el TT con su nombre en Twitter, cargado hasta los topes de exaltaciones, alabanzas. No voy a entrar a valorar aquí si considero más acertada o menos la sentencia, si comparto o no que el humor no tenga límites y pueda profanarse algo tan sensible como es el asesinato (y más aún el terrorismo), porque no tengo la competencia necesaria. Ni siquiera voy a evaluar los tuits que, como armas arrojadizas, se están recuperando para mostrar que no solo Carrero Blanco fue objeto de bromas negras, sino que hay algunas en tono más amenazante y recientes.

La verdadera reflexión que me ha surgido al hilo de todo esto es la peligrosidad de ensalzar a determinadas personas como encarnaciones de ideologías o causas. Hoy es este caso concreto, pero todos tenemos en la mente otros referentes contemporáneos que se convierten en bandera de ideas políticas, sociales, culturales… y que acaban por endiosarse de tal manera que cualquier crítica a una de sus palabras o gestos es vista por sus simpatizantes (y en ocasiones por el grueso de la sociedad) como una provocación o una agresión. Esto, que es más viejo que nada y existe en la historia desde que el hombre es hombre, es literalmente idolatrar (según la RAE: Amar o admirar con exaltación a alguien o algo), y lo triste es que es una de esas conductas que ciega, porque nos impide ver que detrás del ídolo hay una persona tan de carne y hueso como nosotros mismos, plagada de aciertos y errores, con sus meteduras de pata y sus éxitos y convicciones loables. No todo lo que exhalan los famosos, ni los personajes encumbrados, es oro. La corrección o la verdad no es algo que tenga denominación de origen, que venga definido porque procede de este o de aquel. Y quizás la mejor vara para medir la calidad de una idea sea comprobar si detrás de ella hay una adoración y defensa a ultranza de sus representantes, o si hay un juicio crítico de sus apariciones. Lo contrario, es presumir que todo el que critica siempre se equivoca y que nuestro líder es infalible.

Por no hablar de lo triste que tiene que ser haberte convertido en el objeto-imagen de un movimiento. Despojado de tu personalidad, reducido a caricatura de tus ideas y despojado de cualquier opción a corregir tus fallos, mejorar o desradicalizarte en tus posturas. Por no hablar de cuando tendrás que comportarte de una manera determinada porque es lo que se esperará de ti… Porque eres icono, y no persona. Eres el portavoz de una idea, y no el dueño de las tuyas propias. La idea te posee a ti, y no tú posees las que quieras. Demasiado caro este precio de la fama para venderse entero a ella y entregarse a sus consecuencias.

Ojalá estas situaciones muevan a algunos  (incluido yo mismo, el primero) a replantearse su posición en medio de esta sociedad. A reflexionar si de verdad son defensores de una idea o si son palmeros de sus exponentes; si pretenden hacer progresar a la humanidad con una convicción, o si están dando culto a una serie de personas que gritan consignas que se parecen a lo que yo pienso. Ayer se ofrecía incienso y sacrificios a los dioses, hoy se les consagran nuestras opiniones. Lo de ayer era culto externo. Lo de hoy es entregarles lo más interior que poseemos.

Es nuestro momento – Día del Seminario 2017

IMG-20170306-WA0006Como cada año, en torno a la fiesta de san José, la Iglesia celebra el Día del Seminario. Este 2017, con un sabor diferente y especial: la Diócesis de Plasencia, mi diócesis, se encuentra en pleno plan vocacional, invirtiendo esfuerzos en mostrar el regalo que cada vocación supone para la Iglesia y todo lo que recibe el que acepta entregarse. El lema escogido  para este plan nos recuerda que “Es tiempo de bregar”, tiempo de trabajar afanosamente, de implicarse, de mojarse por conseguir que la Iglesia y el mundo sean cada vez más lo que Dios quiere, y que nunca falten vidas entregadas para hacer realidad esta misión.

Atravesamos un momento de crisis religiosa, de dificultades, de Seminarios e iglesias no tan llenas como nos gustaría encontrarlas… pero un momento que encierra la gran oportunidad por la que hemos sido llamados a vivir este y no otro en todo el abanico de los siglos: este es nuestro momento, y nosotros somos los hombres y mujeres elegidos para hacer de estos años una historia. Es nuestro momento. Y como tal, no debería quedar tanto tiempo para lamentarse y achacar a decenas de factores el que hoy no encontremos lo que nosotros desearíamos. Es tiempo de ponerse en juego y demostrar que no somos una Iglesia de lamentos sino de esperanza, que hemos consagrado nuestra vida al anuncio de una historia de vencedores y que estamos dispuestos a testimoniar esto con cada segundo de nuestra vida, que quiere gastarse y encuentra en estos tiempos de crisis la oportunidad de hacerlo. Ojalá la crisis de vocaciones no sea crisis de esfuerzos. Ojalá la carencia nos mueva a valorar más el papel del sacerdote y a convencernos, de una vez por todas, de la necesidad de entregas completas, sin hacerse partes, sin dobles vidas, sin reservas que solo redundan en perjuicio propio y de los demás. Ojalá descubramos qué papel jugamos cada uno en nuestro momento de la historia, y no defraudemos cuando nos toque desempeñarlo y dar fruto.

Es tiempo de querer ser sacerdote. Porque la misión de hoy no tiene nada que ver con la de hace unos años. Porque la oportunidad que se nos brinda hoy, no la tuvieron ninguno de los anteriores. Porque no nos faltan razones para desear compartir vidas, sostener esperanzas, dar fuerzas, alimentar corazones, acompañar el dolor, perdonar las oscuridades, poner luz en las tristezas, explicar el sentido que hemos descubierto para la vida… estar cerca de Dios y de los hermanos. Porque hoy más que nunca es necesario una palabra que ofrece toda la vida como prueba, como aval, que se pronuncia más con obras que con palabras. Porque hoy probablemente vivamos la mayor necesidad de acogida de la historia moderna, en nuestras fronteras, pero también en los corazones de los más cercanos. Porque sigue habiendo personas que esperan, que confían, que aguardan una respuesta de Dios en medio de la historia, y que buscan rostros que les acompañen en este camino. Porque es hoy cuando nos toca a cada uno dar la cara, ponernos en pie y vivir nuestra vida, y no continuar perdiendo oportunidades en las que nos jugamos nuestra vida y la de los demás. Porque aún hoy continúa habiendo gente que necesita ser valorada, mirada a los ojos, llamada por su nombre, comprendida, amada como Dios la ama. Porque los que nos esperan hoy, no estarán ahí mañana, para cuando hayamos cobrado el valor suficiente. Porque hay Puertas que sigue siendo necesario abrir y de las que solo los sacerdotes tienen las llaves. Porque hoy es el momento de sentar las bases para que progrese el futuro. Porque hoy te mereces ser feliz haciendo feliz a los demás, y basta de continuar conformándote con menos que una vida plena.

Y, ante todo, porque hoy es cuando vives, cuando te cruzas con otros, cuando puedes elegir. Cuenta conmigo para compartir nuestro momento de la historia pero, por favor, prométeme que tú también lo darás todo para que otros lo vivan, que no serás egoísta con esa vida que te regalaron para darla a los demás. Y si para eso sientes que tienes que ser sacerdote, prométeme que no te negarás a ayudar a otros a ser protagonistas de su momento de la historia.