¡Venid!

img_4338Venid los hambrientos, los sedientos, los forasteros y sin techo, los desnudos, los enfermos y los presos.

Y venid vosotros: los que saciáis el hambre de justicia, los que partís el pan, el tiempo y la vida; los que alimentáis bocas que subsisten en un mundo en el que todo sobre, incluso las personas.

Venid los que regáis las gargantas de los que hace tiempo que viven en soledad, los que lleváis agua que da vida a los labios y a los corazones, los que hacéis posible que no cese el milagro continuo de vivir y que no se seque y apelmace nuestro barro.

Venid lo que abrís vuestras casas, los que os escandalizáis de las fronteras amuralladas, los que vivís en un solo mundo y a nadie consideráis extraño. Los que descubrís que la diversidad enriquece y que es más lo que nos une. Los de los refugiados, los de la tierra de acogida, los enamorados de los que tan pocos quieren. Los que sois techo, casa y hogar, al calor de la Llama que os aviva.

Venid los que vestís con dignidad a los que la han perdido o se la han arrebatado, los que cubrís los cuerpos marcados por las heridas y la miseria y hacéis del último un semejante nuestro.

Venid los que visitáis las cárceles, los que descendéis a los infiernos y os sumergís en los abismos. Los que no tenéis miedo a mancharos del barro y los estigmas. Los que tomáis de las manos a los aprisionados por las drogas, la prostitución, la trata, la violencia, el miedo… y forzáis sus cadenas hasta reventarlas.

Venid los que tenéis la paciencia, la compasión y la ternura que sana los corazones enfermos. Los que nunca dais a un hermano por perdido ni valoráis a las personas por lo que son capaces de hacer, sino por quiénes son. Los que no discrimináis por cromosomas, ni por sordera, ni sois tan ciegos como para no verme en el hermano que no ve.

¡Felices vosotros cuando hagáis esto! Porque vuestro es el Reino de los Cielos, porque lo hacéis posible en la tierra, porque no solo me lo habréis hecho a mí en cada uno, sino que habréis sido para muchos mis manos, mis oídos, mis pies y mi mirada.

Necesitamos más radicales

centro-amigo-web-796x448.jpgLos radicales que el mundo necesita son
los de la misericordia entrañable y entrañada,
los del perdón inagotable,
los de la mirada profunda,
los del acompañamiento al ritmo,
los de la exigencia y la compasión,
los de la mano incansable,
los de la Palabra y no las palabras,
los del tiempo compartido a fondo perdido,
los que no tienen más interés que quien está ante ellos en cada momento,
los que piden pero dan,
los que nunca se agotan porque comparten lo que no se acaba,
los que se acuestan cansados pero con el día lleno de caras, nombres e historias,
los que son puentes y no muros,
los que prestan sus alas para que otros vuelen,
y sus gafas para que otros vean,
y sus pies para que otros caminen,
y sus sueños para hacer realidad el de Dios.

Estos son los verdaderos radicales, los auténticos fundamentalistas que han descubierto el fundamento de la fe: el Amor que es Dios apasionado por cada hombre, especialmente por los que no saben cómo llamarlo o lo han olvidad por el camino.

Radicales sin razones, sin más razones que el Amor en persona.

Estamos pensados para la entrega

servir (1).jpgEstamos pensados para la entrega, para el servicio, para ser últimos que aúpen a otros a los primeros puestos, para dar mucho fruto, aunque no seamos nosotros quienes los cosechemos.

¡Pero nos cuesta tanto tu lógica, Señor! ¡Es tan difícil hacer cálculos sin pensar en beneficios, tomar riesgos sin proveer seguridades, vivir dando al semejante la prioridad que creemos que nos pertenece…!

¿Y cuál es tu respuesta? Coger un niño entre tus brazos y recordarnos que el camino pasa por abrazar, acoger y cuidar a los que no nos pueden dar nada, para que descubramos , cuando nos hayamos vaciado, que el mayor tesoro está en su sencillez, en su inocencia, en su alegría auténtica, en su pequeñez, que mira el mundo desde abajo y descubre la importancia de lo que siempre se nos pasa a los demás.

Preguntas con mucho en juego

imagenes-con-frases-716x479El Dios en el que crees se descubre en la forma en la que tratas al que está frente a ti. La religión es lo más abstracto expresándose en lo más concreto: la relación e imagen de Dios mostrándose en la mirada que diriges a quien sabes que tiempo atrás te hizo sufrir. Jesús en este domingo despierta las conciencias que se acallaban con corresponder a los amigos y bienhechores, acaba con la hipocresía de los que solo son creyentes hacia arriba y no en horizontal: ¡Basta ya de profesar solo con los labios y no con las manos, o de ofender con los mismos labios que en otras ocasiones intentan alabar! ¿Acaso no hemos sido llamados a ser testigos del amor que Dios tiene a todos? ¿O es que no acabamos de reconocer realmente a Dios como nuestro dios, y no aceptamos lo que dice acerca de amar, acoger, admitir, no juzgar, perdonar…? ¿No será que solo concedemos a Dios un espacio muy justo y no le damos vía libre dentro de nosotros para atar y desatar? Escribo esta entrada encadenando preguntas porque las lecturas de este domingo no me han dejado palabras para replicar. Para nada se trata de una lección desde la perfección personal ni nada semejante, sino de la reflexión que brota desde la conciencia de que yo también soy infiel a ese Dios que pide amar a los enemigos, no odiar al semejante y descubrir (y nunca destruir) el templo de Dios que es cada hermano. ¿Será porque nos hemos acostumbrado a amar solo en parte, a odiar en la otra mitad y a descubrir solo lo que nos interesa, lo que podemos controlar, lo que nos reporta beneficios? ¿Será que consideramos perder el tiempo todo lo que sea responder con amor al odio, con generosidad al interés, con corazón a la frialdad…? ¿Será que se nos ha olvidado que solo el calor puede derretir el hielo y hemos aceptado tácitamente permanecer parados en lugar de hacer la revolución para la que fuimos llamados? ¿Será que se nos ha olvidado los momentos en que sentimos un Amor más fuerte que nuestros errores y nuestras caídas? ¿Será que se nos ha pasado por alto vivir como pueblo de la Cruz: apuntando desde el suelo hacia Dios, pero también en horizontal hacia todos los que recorren el mundo y la historia con nosotros? ¿Será que hemos olvidado cuál es nuestra fuerza principal para vivir?

Hay pasajes que no precisan glosas ni comentarios. Que se bastan por sí solos y los intérpretes solo pueden reforzar y actualizar. El de Mt 5 es claro: “Yo os digo que no hagáis frente al que os hace mal (…). De este modo seréis dignos hijos de vuestro Padre celestial”. En juego, el plan de Dios para un mundo que eligió unilateralmente alejarse y al que no cesa de llamar por medio de rostros concretos. ¿Qué futuro espera a un mundo en el que esos rostros olvidan su vocación? ¿Qué milagro se obra por medio de la venganza, el rencor, la sal en las heridas, la indiferencia…? ¿Cuántas puertas quedarán abiertas si no aceptamos definitivamente hacer vida el mandamiento del amor? ¿Cuántas ocasiones dejamos pasar cada día de dar una respuesta a la altura de lo que se espera de nosotros?

Es tiempo de convertir las heridas, las diferencias, las rupturas, los roces… en ocasiones de testimonio. ¿O es que no confiamos del todo en la fuerza de vivir como Dios nos pide?

Me haces mucho bien

img_5910.jpgEl “nuevo” curso, que ya ha llegado a su ecuador, vino cargado de personas nuevas: en la casa, en la parroquia, en la Red, en varios círculos de los que tejen nuestra vida… Junto a ellas, muchas de las que estaban renovaban el contrato de seguir aquí al lado: compartir lo bueno y lo malo, atravesar juntos los momentos y superar las dificultades y errores. Y con todas estas caras moviéndose cerca, no he podido evitar pensar más de diez y de veinte mveces en estos meses: “me haces mucho bien”. Esta entrada es un pequeño homenaje a todos ellos: a los que habéis puesto lo mejor de vosotros en mí, y a los que lo hacéis con quienes conocéis.

Creo que es la clave de una amistad y de las mejores cosas que puedes decir a otra persona. Por encima de lo bueno que sea, de las cualidades que tenga, de sus éxitos, de las oportunidades que te abra conocerlo… que alguien te haga bien es el pasaporte a crecer como persona y, sobre todo, a crecer juntos, aprendiendo, descubriendo y corrigiendo juntos los pasos. Es la prueba más clara de que ninguno de nosotros nos valemos del todo por nosotros mismos: somos dependientes de los otros, que nos enseñan casi tanto como necesitamos aprender para Vivir con mayúsculas. Unos más y otros menos, pero quizás sean los que parece que menos lecciones traen consigo los que resultan ser expertos y llenan ese espacio que guardamos dentro de nosotros para los que vienen de fuera. “Hacer bien” a alguien es mucho más que colmar sus intereses o satisfacer sus expectativas: es mejorar un poco más su forma de vivir, aunque para ello a veces sea necesario llevarlo hasta un límite en el que ninguno de los dos os gustaría veros. Es una tarea de valientes: de los que saben que arriesgan para que todos ganen, y prefieren compartir lo que han ganado ellos porque en el fondo están convencidos de que no es mérito solo suyo. Hacer bien a alguien es asumir la misión de transformar vidas para que cada vez haya en ellas más de la luz y la alegría que deberían colmarlas, y menos oscuridad de la que se contagia y se vende a diario. Hacer bien es, además, algo gratuito, rebosante, adictivo, sorprendente y muy muy humano.

Personalmente, estos han sido meses de comenzar a sanar heridas, de salir de trincheras en las que el barro se pegaba a las botas, de reencontrarme con la ilusión y la vida que otros reflejan, de perdonarme y dejarme perdonar errores, de recuperar y redescubrir tantos porqués que dan sentido a cada día… Y si de algo puedo presumir es de que ha sido gracias a los que han ido coincidiendo en mi mismo carril, algunos más cerca, otros más lejos, algunos incluso sin pretenderlo y otros con el firme propósito de desmontar mis muros. Personas con las que Dios hizo de la casualidad y la coincidencia una oportunidad para llegar hasta dentro. Personas que hacen mucho bien, y eso, su hacer, habla por sí solo.

Gracias.

Soy luz

Alla_Rogashko.jpgSoy luz cuando ayudo a otros a ser más humanos, cuando rompo las barreras, cuando tiendo mis manos, cuando hablo desde el corazón.
Soy luz cuando no permito que se apague la pequeña llama que hay en otros, cuando comparto lo que me hace arder sin consumirme.
Soy luz cuando me enfrento a lo que oscurece vidas, lugares, situaciones… cuando mi vida es testimonio de que se puede.
Soy luz cuando dejo llenar mi lámpara, cuando aprendo a alumbrar de otros, cuando recorro el camino que ellos dejaron alumbrado.
Soy luz cuando alguien puede dar un paso gracias a mi claridad, aunque nunca yo pueda saberlo ni decírselo a nadie.
Soy luz cuando no me escondo, cuando dejo brotar libremente la llama que hay en mí para que alumbre a todos, sin distinción.
Soy luz cuando resisto al viento que hace temblar mi pábilo vacilante. .
Soy luz cuando recogen mis ascuas del suelo y me dejo colocar de nuevo en el candelero.
Soy luz cuando reconozco que no soy yo el que alumbra.
Soy luz cuando devuelvo toda la luz que he recibido, y la que me han dado para cada momento.
Soy luz cuando no rechazo acercar mi antorcha a quien sufre el frío, cuando recuerdo que no alumbraré eternamente y entonces recordaré las ocasiones en que me la he guardado.
Seré luz cuando devuelva mi lámpara, marcada y quemada, a quien me la entregó. Entonces, como ahora, brillará mi cara ante la Luz y comprenderé que todo ha servido para el bien. Será él quien ilumine los caminos que yo recorrí siendo luz.

“Vosotros sois la luz del mundo. No puede ser ocultada una ciudad presente en lo alto de un monte. Tampoco encienden una lámpara y la colocan debajo del cajón, sino sobre el candelero y alumbra a todos los de la casa. Alumbre de este modo vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre en los cielos” Mt 5, 14-16

¡Sed felices!

o-summer-happy-kid-facebookEl Evangelio de este domingo habla de la fe, de la religión, en unos términos muy contrarios a los que llenan nuestra sociedad. Habla de felicidad, de estilo de vida, de vidas llenas, de recompensas aquí y más allá… de todo lo que llena programas, libros de autoayuda, cuentas en redes sociales y un largo etcétera de “productos” psicológicos en los que cada vez más se busca esa receta para la felicidad que el hombre ha nacido programado para alcanzar y que parece estar cada vez más convencido de que es difícil de encontrar.

El texto de hoy es un canto de esperanza, de ánimo para los que se han desesperado en el camino de encontrarla, de los que creen que por la situación que viven han sido privados de esa felicidad que solo está al alcance de unos pocos. Es un grito a las conciencias de los que tienen de sobra y aun así están vacíos por dentro, y una mirada elogiosa hacia los que, contando con poco, y sin conformarse con sus condiciones de vida, proclaman con su alegría la victoria de los sencillos, los humildes, los que viven preocupados por la vida y no por lo material ni lo efímero. Las bienaventuranzas son la declaración de derechos y deberes de los que quieren de verdad vivir en paz y tranquilidad: derecho a perdonar, a mirar con un corazón limpio, a estar triste y ser consolado, a construir la paz, a ser llamados hijos de Dios y hacer su voluntad… Es el regalo del Dios que quiere que su obra maestra no siga buscando sin éxito su felicidad y comience, por fin, a vivir aquello para lo que fue creada.

Y, ¡sorpresa! No dice nada que pueda sonar opresor, pues el verdadero Evangelio es un canto a la libertad. No se puede hablar de una felicidad que somete, pues el primer requisito para ser feliz es ser libre para poder elegir serlo:

para poder rechazar el casi inconsciente espíritu de materialismo y consumismo, el tanto tienes, tanto vales, y comenzar a vivir solo con lo que necesitamos para que otros puedan hacer lo mismo;

para tener el valor de reconocer nuestra tristeza, nuestra limitación, nuestros fracasos, y estar así en condiciones de esperar unas palabras de consuelo y unas manos que sequen o compartan nuestras lágrimas;

para elegir no escalar ni trepar, no aparentar para ser el primero, sino escoger la sinceridad y la verdad de lo que somos y tenemos;

para comprometernos hasta el fondo con nuestra fe, con lo que nos pide y con los que necesitan que la vivamos de una vez por todas de verdad;

para perdonar y olvidar, y librarnos de una vez de las pesadas cargas que el rencor coloca en nuestra vida; para poder devolver a nuestros ojos la limpieza, las miradas sin juicios, el valor infinito de cada persona que se acerca y de cada momento compartido;

para remar contracorriente construyendo la paz con cada uno de nuestros gestos y palabras, y no con grandes declaraciones, tuits o proclamas que se nos olvidan ante los que tenemos más cerca;

para aceptar ser perseguidos, señalados, etiquetados por defender lo que de verdad creemos, sin tener que guardar silencio por el miedo al qué dirán;

para poder ser, al fin, felices como queremos, y como parece que aún no nos hemos atrevido a ser de verdad. Es tiempo de demostrar que se puede.


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