¡Sed felices!

o-summer-happy-kid-facebookEl Evangelio de este domingo habla de la fe, de la religión, en unos términos muy contrarios a los que llenan nuestra sociedad. Habla de felicidad, de estilo de vida, de vidas llenas, de recompensas aquí y más allá… de todo lo que llena programas, libros de autoayuda, cuentas en redes sociales y un largo etcétera de “productos” psicológicos en los que cada vez más se busca esa receta para la felicidad que el hombre ha nacido programado para alcanzar y que parece estar cada vez más convencido de que es difícil de encontrar.

El texto de hoy es un canto de esperanza, de ánimo para los que se han desesperado en el camino de encontrarla, de los que creen que por la situación que viven han sido privados de esa felicidad que solo está al alcance de unos pocos. Es un grito a las conciencias de los que tienen de sobra y aun así están vacíos por dentro, y una mirada elogiosa hacia los que, contando con poco, y sin conformarse con sus condiciones de vida, proclaman con su alegría la victoria de los sencillos, los humildes, los que viven preocupados por la vida y no por lo material ni lo efímero. Las bienaventuranzas son la declaración de derechos y deberes de los que quieren de verdad vivir en paz y tranquilidad: derecho a perdonar, a mirar con un corazón limpio, a estar triste y ser consolado, a construir la paz, a ser llamados hijos de Dios y hacer su voluntad… Es el regalo del Dios que quiere que su obra maestra no siga buscando sin éxito su felicidad y comience, por fin, a vivir aquello para lo que fue creada.

Y, ¡sorpresa! No dice nada que pueda sonar opresor, pues el verdadero Evangelio es un canto a la libertad. No se puede hablar de una felicidad que somete, pues el primer requisito para ser feliz es ser libre para poder elegir serlo:

para poder rechazar el casi inconsciente espíritu de materialismo y consumismo, el tanto tienes, tanto vales, y comenzar a vivir solo con lo que necesitamos para que otros puedan hacer lo mismo;

para tener el valor de reconocer nuestra tristeza, nuestra limitación, nuestros fracasos, y estar así en condiciones de esperar unas palabras de consuelo y unas manos que sequen o compartan nuestras lágrimas;

para elegir no escalar ni trepar, no aparentar para ser el primero, sino escoger la sinceridad y la verdad de lo que somos y tenemos;

para comprometernos hasta el fondo con nuestra fe, con lo que nos pide y con los que necesitan que la vivamos de una vez por todas de verdad;

para perdonar y olvidar, y librarnos de una vez de las pesadas cargas que el rencor coloca en nuestra vida; para poder devolver a nuestros ojos la limpieza, las miradas sin juicios, el valor infinito de cada persona que se acerca y de cada momento compartido;

para remar contracorriente construyendo la paz con cada uno de nuestros gestos y palabras, y no con grandes declaraciones, tuits o proclamas que se nos olvidan ante los que tenemos más cerca;

para aceptar ser perseguidos, señalados, etiquetados por defender lo que de verdad creemos, sin tener que guardar silencio por el miedo al qué dirán;

para poder ser, al fin, felices como queremos, y como parece que aún no nos hemos atrevido a ser de verdad. Es tiempo de demostrar que se puede.


Bienaventuranzas (Mt 5) (más…)

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Dejarse iluminar

maxresdefault.jpgSe ha convertido ya en un tópico de las fechas prenavideñas: el rumor generalizado contra lo madrugadoras que son las luces de Navidad, colocadas a más de un mes y medio de las fiestas navideñas y encendidas a 30 días del comienzo de estas. Son criticadas por los mismos que se oponen a los turrones y bombones en los hipermercados desde noviembre, a los anuncios de Lotería en ese mes, a los sombreros de Papá Noel en los escaparates a comienzos de diciembre…

Esta entrada no quiere entrar en su juego. Aunque durante los últimos años sí que he sido de los que luchaban por recuperar la Navidad de esa forma, este año quiero cambiarme al bando contrario: ¿No es más acorde con la espiritualidad de estas fechas anticipar el clima de celebración? ¿No nos vendrá mejor tener siempre en mente que el período que ahora empezamos es una preparación inmediata? ¿No se trata precisamente de no perder de vista la Navidad durante las próximas cuatro semanas de Adviento? Admito discutir acerca del trasfondo y motivación de las “fiestas de invierno” en que se ha transformado la celebración de uno de los momentos más trascendentales de la historia; pero no quiero ser cómplice un año más de la corriente que convierte la previa de la Navidad en una reivindicación en lugar de en un anuncio gozoso. No se puede pretender transmitir la alegría desbordante de una humanidad que ha sido elegida por el mismo Dios para compartir su condición con la protesta constante y repetitiva contra los signos de esa alegría que nuestra cultura ha desarrollado. Esforcémonos en darles el verdadero sentido, en positivo; en detenernos con cada persona y hacerles ver el sentido de todo esto; animemos a cada corazón a tomar conciencia de que estas fiestas solo tendrán el verdadero sentido si son una ocasión para compartir nosotros también lo divino y lo humano, para acercarnos más a Dios y a los demás hombres.

Cada vez que en los 30 días que faltan para Nochebuena pasees por debajo de uno de los juegos de luces que la anticipan y anuncian, “alza la cabeza, se acerca tu liberación”:está más cerca la noche en la que la historia dejó de ser solo cosa de hombres, en la que ser humano comenzó a significar ser un poco más divino, en la que la Luz quiso alumbrar desde abajo para enseñarnos a difundirla. Feliz Adviento. Feliz espera. Felices preparativos. Alegra el corazón.

Este es nuestro símbolo

Los que me conocen saben que siempre llevo una cruz al cuello. Casi siempre es la misma, y de vez en cuando acusa la continua exposición a la intemperie, al sol, al viento, alguna vez a la lluvia y más de una y dos veces al cariño de quienes se la han encontrado en un momento difícil y no se han cortado a la hora de abrazarla entre sus dedos y utilizarla para una oración. Hace unos años decidí que quería que fuese uno de los símbolos que me identificase, y desde entonces dejé de guardarla debajo de la camiseta. Su sentido completo os lo contaré en otra entrada, lo prometo.

Quería que me identificase la imagen de aquellos dos maderos cruzados con un Dios clavado en ellos porque es de los símbolos más conocidos internacionalmente, nadie dudaría de que detrás de aquel crucifijo se escondía un cristiano, con sus errores, a veces demasiados, pero que buscaba transparentar con su vida lo que aquel signo anunciaba. Sabía que era una forma de contar lo que me movía por dentro sin buscar una forma tan complicada como poco comprensible. Y me ha dado resultado, en los casi cuatro años que lleva conmigo, pocos han sido los que la han visto y no han sabido lo que significaba (o al menos, lo han expresado en voz alta).

Pero, ¿es nuestro símbolo solo porque hace casi dos mil años de una Cruz arrancó una historia que nunca terminará? ¿Es solo una historia del pasado que sigue vigente hoy en día? Estoy convencido de lo contrario: de que mi cruz, su Cruz y las de todos los que la llevan como cristianos tienen el mismo significado: la entrega. La de hace veinte siglos y la de cada día. La de preferir la vida de los amigos a la propia, y la de preferir el peor sitio para que otros tengan uno. La de “perdónalos porque no saben lo que hacen”, y la de amar a los que no comprenden el porqué das la vida y eliges no casarte ni dormir hasta las dos del mediodía un domingo.

La entrega es lo que nos hace cristianos, y por eso la cruz es nuestro símbolo. Para que no solo esta sea de los signos más reconocidos mundialmente, sino que también el servicio gratuito, el amar lo suficiente como para preferir lo mejor incluso para alguien que no conoces de nada, se convierta en un emblema que permita a quien lo vea saber que Alguien mueve nuestro corazón y nuestras manos. ¿O alguno de nosotros puede considerarse superior a otro para no estar disponible para él? El tiempo acaba enseñando que la mejor inversión es la que se hace dándola a otros, y que nada mejor puede invertirse que la vida entera.

“Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13. 15)

Ahora que eres seminarista, toca sonreír – Día del Seminario 2015

cura_sonrisaEsta mañana, celebrando la Eucaristía de san José (y con ella el Día del Seminario) con los alumnos del colegio de las Josefinas Trinitarias de Plasencia, una frase me ha dado el tema perfecto para la entrada de este día. Después de haber invitado a los chicos y chicas presentes a mirar a la cara de las religiosas y de los seminaristas para comprobar la felicidad de haber decidido entregar su vida, el rector me decía entre risas: “Ya sabes, a partir de ahora te toca sonreír mucho”. Y es que, celebrar a san José como patrón, escribir esta entrada desde el Seminario, haber elegido esta opción, es motivo suficiente para hacerlo.

Sonreír, pero no como por algo pasajero, un regalo que ilusiona hasta que se pasa. Sonreír con la alegría de haber sabido encontrar a Alguien por quien merece la pena dar la vida, que ya la ha dado por nosotros, que enseña a amar porque quiere encender el mundo en el mismo fuego que le llevaba a cambiar todas las vidas que se encontraba por delante. Alguien que, llegado el momento en el que consideró que mi vida estaba lista para cambiar de rumbo, decidió dejar su pregunta en medio del camino, con los datos suficientes para encontrar la siguiente pista, para comenzar a dar pasos hasta llegar a la meta. Que Dios nunca me haya hablado en una voz, ni se haya aparecido ante mí no me quita la alegría; al contrario, me regala la de saber que le he importado lo suficiente como para buscar la forma de decirme lo que quería para que yo supiese escucharle. ¿Y si sabes que Alguien así te llama para que formes parte de su plan para salvar el mundo, no vas a sonreír?

¿Y las renuncias? Las renuncias tampoco pueden más que la alegría, porque es precisamente gracias a ellas como aumenta. ¿Nunca has renunciado a romper tu hucha para poder comprar más tarde algo más valioso? La clave está en encontrar lo que necesitamos para el camino, y lo que necesitamos llevar listo para que ayude a los otros a continuar caminando. Puede que muchos vean en mi vida una retahíla de noes, pero gracias a ellos algún día podré servirles.

Cuando sabes que Dios quiere seguir tocando corazones, que necesita manos que estén dispuestas a dar color a los que todavía viven en blanco y negro, que el esfuerzo que ha hecho para encontrarte a ti quiere hacerlo con todos los que viven en la tierra. Cuando descubres que son más los que agradecerán la entrega que los que la despreciarán, que hay cargas que solo unas manos ungidas pueden retirar, que hay vidas esperando a que sean tus palabras las que les abran la puerta de la eterna. Cuando encuentras a las personas que buscan a Dios sin toparse con nadie que les lleve a Él, a los jóvenes dispuestos a decir que “sí” a un proyecto que merezca su vida, a los millones de personas que miran al Cielo y piden que nunca falten los que les acercan a él… Cuando eres consciente de todo lo que un sacerdote puede transformar y convertir, entonces dices que sí, todo comienza a cambiar y sonríes con tu vida.

Vivir más allá

couple-cute-girl-guy-instagram-Favim.com-273674Hace unos días encontré una entrada de blog que pretendía ayudar a los que se sienten dolidos ante fotos de Instagram que les hacían envidiar a sus protagonistas. Imágenes recibidas en un momento de bajón sentimental o de falta de forma anímica y que se convierten en un torpedo capaz de causar estragos interiores. ¿El secreto para superarlas? Su brevedad. Según el bloguero, ese momento capturado duraba exactamente lo mismo que el flash de la cámara que lo retrataba, y no podía tener una repercusión que la superase en mucho más tiempo. Supongo, por una confianza natural en la bondad que tenemos dentro, que no todas las imágenes que veo a diario en Instagram son meras representaciones teatrales de algunos que buscan aparentar lo que no viven o, peor, ser envidiados por otros por lo que ellos mismos envidian y simulan. Muchas serán tan ciertas como el estremecimiento que nos provocan por dentro: la chica que sonríe con su nuevo teléfono frente al espejo sigue empuñándolo al subir la foto, la pareja que mira a la cámara no se ha separado en toda la tarde como afirma el comentario y los amigos que intentan no salirse del selfie que uno de ellos toma desde una esquina han disfrutado realmente de ese rato en compañía. Y que esto sea cierto, aunque sume peso a la situación y a la repercusión que tiene, hace que esté dañando algo real, no una pantomima.

Pero esto no es todo. Si digo que te duele, también te pido que mires más allá para no paralizarte en un momento (como las fotografías). Mi razón para no quedarse llorando ante la pantalla es la cantidad de vida que hay más allá de ella, y de la que no es más que un lugar en que pasamos algo de nuestro tiempo y contamos parte del resto.  Quizás sea más duro reconocer los minutos que te ha quitado ese tuit o esa foto, lo que podías estar haciendo cuando solo pensabas en lo mal que te había sentado encontrarlo. Es posible que si hubieses estado ocupado, o te hubieses puesto inmediatamente, a leer, dibujar, llamar a un amigo o estudiar, al poco tiempo tú mismo podrías decir algo con más sentido que una simple queja, y te sentirías mejor. Y si hubieses hecho todo esto antes, la pareja sonriente de la foto no habría mirado a alguien que se descomponía ante ellos, sino a alguien tan enriquecido por lo que estaba viviendo fuera que era capaz de aguantar ese golpe. La clave, vivir lo que hacemos en Internet, pero también vivir más allá.

El problema de la envidia no está en lo que los otros tienen, sino en lo que sientes que a ti te falta. Si disfrutas de los minutos y no dejas huecos, la próxima foto no encontrará tantos lugares por los que colarse hasta dentro, podrás alegrarte de que sean felices, porque todos estaréis haciendo lo que os acerca a ser la mejor versión de vosotros mismos.

Por eso escribo

462739_969418047_sonrisa_H174816_LSientes alegría. Sonríes, miras con otros ojos, todo es mejor, hay menos malos cerca. La sangre corre dentro de ti con una frescura que despierta cada uno de tus rincones, como la sensación de zambullirte en la piscina el día más caluroso de agosto. Rebosas, y porque rebosas, la compartes. Muchos preguntan por qué y otros se quedan en la extrañeza silenciosa sin atreverse a rellenar los interrogantes con palabras.

La alegría tiende a compartirse, porque sabe que es su único modo de sobrevivir. Necesita crecer, porque cuando se queda estancada, acaba desapareciendo. Necesita el brillo de dientes que hacía tiempo que no asomaban en una carcajada y los destellos de los ojos que consiguen decir ellos solos más que lo que los labios pronuncian unos centímetros más abajo. Necesita compartirse porque es imposible un abrazo de una sola persona.

Por eso escribo, tuiteo, cuento, whatsappeo, hablo cara a cara… porque sé que mi alegría quiere no ser solo mía y porque he descubierto que la de los demás es su mejor aliada para no extinguirse. Por eso te pido que lo escribas, lo cuentes, lo tuitees… porque quiero saber qué te hace tan feliz, quiero que haga felices a otros y quiero que puedas volver a leerlo cuando creas que la alegría se ha pasado cuando solo se ha ido a dormir. ¿Me acompañas?

“¡No os guardéis a Cristo para vosotros solos! Comunicad a todos la alegría de vuestra fe” Benedicto XVI