Me haces mucho bien

img_5910.jpgEl “nuevo” curso, que ya ha llegado a su ecuador, vino cargado de personas nuevas: en la casa, en la parroquia, en la Red, en varios círculos de los que tejen nuestra vida… Junto a ellas, muchas de las que estaban renovaban el contrato de seguir aquí al lado: compartir lo bueno y lo malo, atravesar juntos los momentos y superar las dificultades y errores. Y con todas estas caras moviéndose cerca, no he podido evitar pensar más de diez y de veinte mveces en estos meses: “me haces mucho bien”. Esta entrada es un pequeño homenaje a todos ellos: a los que habéis puesto lo mejor de vosotros en mí, y a los que lo hacéis con quienes conocéis.

Creo que es la clave de una amistad y de las mejores cosas que puedes decir a otra persona. Por encima de lo bueno que sea, de las cualidades que tenga, de sus éxitos, de las oportunidades que te abra conocerlo… que alguien te haga bien es el pasaporte a crecer como persona y, sobre todo, a crecer juntos, aprendiendo, descubriendo y corrigiendo juntos los pasos. Es la prueba más clara de que ninguno de nosotros nos valemos del todo por nosotros mismos: somos dependientes de los otros, que nos enseñan casi tanto como necesitamos aprender para Vivir con mayúsculas. Unos más y otros menos, pero quizás sean los que parece que menos lecciones traen consigo los que resultan ser expertos y llenan ese espacio que guardamos dentro de nosotros para los que vienen de fuera. “Hacer bien” a alguien es mucho más que colmar sus intereses o satisfacer sus expectativas: es mejorar un poco más su forma de vivir, aunque para ello a veces sea necesario llevarlo hasta un límite en el que ninguno de los dos os gustaría veros. Es una tarea de valientes: de los que saben que arriesgan para que todos ganen, y prefieren compartir lo que han ganado ellos porque en el fondo están convencidos de que no es mérito solo suyo. Hacer bien a alguien es asumir la misión de transformar vidas para que cada vez haya en ellas más de la luz y la alegría que deberían colmarlas, y menos oscuridad de la que se contagia y se vende a diario. Hacer bien es, además, algo gratuito, rebosante, adictivo, sorprendente y muy muy humano.

Personalmente, estos han sido meses de comenzar a sanar heridas, de salir de trincheras en las que el barro se pegaba a las botas, de reencontrarme con la ilusión y la vida que otros reflejan, de perdonarme y dejarme perdonar errores, de recuperar y redescubrir tantos porqués que dan sentido a cada día… Y si de algo puedo presumir es de que ha sido gracias a los que han ido coincidiendo en mi mismo carril, algunos más cerca, otros más lejos, algunos incluso sin pretenderlo y otros con el firme propósito de desmontar mis muros. Personas con las que Dios hizo de la casualidad y la coincidencia una oportunidad para llegar hasta dentro. Personas que hacen mucho bien, y eso, su hacer, habla por sí solo.

Gracias.

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Dejarse ayudar

136012728363Hay ocasiones en las que cuesta ayudar, descuidar lo tuyo para encargarte de lo de otro, atender lo que estrictamente no te toca, pero que sabes que necesita una mano más. Y hay otras ocasiones en las que cuesta muchísimo más ser tú el que recibas esa otra mano, el que acepte que sus tareas pueden compartirse y pesar menos. ¿Eres de las personas a las que les cuesta decir que sí cuando otros se ofrecen a ayudarles? ¿Alguna vez has renunciado a un apoyo extra que te habría solucionado mucho por no complicar a otros?

  1. Dejarse ayudar no es aprovecharse de los demás: es aceptar que solo no puedes con todo lo que tienes por delante y que necesitas de la generosidad de alguien más para sacarlo adelante.
  2. Si lo que haces beneficiará a otros, en realidad estás haciéndoles un favor mayor: imagina que estás haciendo una campaña para recaudar dinero para una ONG a través de venta de manualidades. Si tú podías fabricar 10 manualidades en una hora, las personas que se sumen multiplicarán esa producción, y con ella la ayuda.
  3. Es reconocer que no podemos lograrlo todo solos: si no, no necesitaríamos ni amigos, ni familia, ni compañeros. Pero si has sido humano durante más de una semana habrás descubierto que hay multitud de cosas que no podemos lograr solos y en las que necesitamos de los demás. Necesitamos, sí, no solamente “nos viene bien”.
  4. Es optimizar tus fuerzas para centrarte en lo que sí tendrás que hacer solo: igual que hay situaciones que obligatoriamente tenemos que compartir con otros, las hay que dependen exclusivamente de nosotros mismos y nadie más nos las puede solucionar. En esas necesitarás estar al máximo, por eso conviene no quemarte cargando con el 100% de las tareas en las que podrías encontrar ayuda.
  5. Y mi razón favorita: recibir ayuda te hace entrar en la dinámica de prestar ayuda a otros. Quizás no sea a la misma persona que te ha ayudado a ti, pero no tardarás en encontrar a alguien más que está mirando alrededor esperando a que alguien se acerque y le acompañe. Experimentar la ayuda de otros nos hace valorar realmente lo que supone y nos lanza a practicar esa misma ayuda con los demás, nos hace generosos, nos abre los ojos a las necesidades de otros que antes quizás pasaban inadvertidas.

Evidentemente, estas razones no justifican a los que se aprovechan siempre de los demás, a los que nunca devuelven la ayuda prestada ni a los que no mueven un dedo porque prefieren ver cómo los demás solucionan sus papeletas. Al contrario: la generosidad de los demás deja en evidencia su egoísmo, por no saber estar a la altura de las personas que les acompañan.

La próxima vez que alguien se ofrezca para echarte una mano, repasa mentalmente estas razones. No te niegues en el primer momento: estoy seguro de que más de una vez ese cable que te ofrecen te hará subir más alto para ayudar desde allí a los que lo necesiten.

Hablar desde dentro

8b562c5fe5398e9bd8e124f78f3e294fAyer fue el cumpleaños de una amiga. Como siempre, me puse delante del teléfono a intentar traspasar todo lo que significaba su amistad para mí y así poder componer una felicitación que sirviese de regalo para alguien que está a demasiados kilómetros como para poder celebrarlo personalmente. El texto, conforme sumaba palabras, se va plagando de conceptos abstractos: “amistad”, “profundo”, “corazón”, “confianza”, “gracias”… y a cada uno de estos que se suma, el sentimiento que va escondido en él, el que intenta designar sin que las palabras lleguen a portarlo del todo.

Esta situación no puede sonarnos extraña a ninguno. A menudo escribimos este tipo de mensajes bien por Whatsapp, correo electrónico, Twitter, Facebook o algún medio más convencional. Cuanto más tratamos con una persona, más invadimos el campo de los términos abstractos, de los profundos, y nos damos cuenta de que pisamos en un terreno en el que lo que decimos no es verificable, ha perdido las posibilidades de comprobación que tiene lo concreto. ¿Y acaso esto ha de detenernos? Por supuesto que no. Este es el punto que aumenta todo el valor que estas palabras tienen: que aunque no pueden probarse materialmente, son tan verdaderas como las demás. Es el poder de un “te quiero” pronunciado con el ritmo del corazón, dejando que sean sus latidos los que modulan el sonido, y no solo las cuerdas vocales. Uno de esos que cuando se reciben parecen ser imparables, imposibles de detener por nada ni nadie.

Sin embargo, en este campo de los abstractos hay una trampa. Si no puede demostrarse, mentir puede convertirse en una opción para los que no valoren lo suficiente a la persona a la que se los dirigen. En ese caso, son palabras vacías, simples letras que no llevan a ningún sitio más allá de la mentira, y donde esta habita, lo hace también la decepción, el desengaño y la tristeza. Es el caso de los que utilizan un “te quiero” o cualquier halago con una facilidad que evidencia que no hay nada sosteniéndolo, los que se han acostumbrado a utilizarlos hasta tal punto que no recuerdan lo que significan, ni lo sienten cuando lo dicen ni pueden entenderlo cuando lo escuchan, y esta es la mayor tristeza que sufren.

Las palabras profundas son las que embellecen de verdad a un idioma, las que permiten que los simples caracteres lleguen hasta el corazón, las que se cuelan en ese punto donde se empieza a sentir. De cómo las uses dependerá cómo hagas sentir. Si escoges utilizarlas cuando tienen sentido, si no juegas con ellas, estoy seguro de que sonreirás más de una vez cuando te las dirijan, te estarás convirtiendo en uno de los que ellas buscan para designar.

Decir “perdón” para decir “te quiero”.

perdonHace unos días, una amiga me sorprendió mostrándome unas palabras que habían acompañado muchos años a su madre y que, llegado el momento de despedirse en esta vida de ella, había trasladado a un papel que ahora no se separa de su cartera más que cuando lo extrae para leerlo. Eran líneas de agradecimiento, de ternura, de amor, y también de arrepentimiento y perdón. Me impresionó esto especialmente: descubrir en medio de aquellas letras un profundo sentimiento de gratitud por el perdón y un gran deseo de disculpar cualquier ofensa que le pudiese haber hecho sufrir en algún momento.

Quizás me sorprendió tanto porque vivimos tiempos del “perdono pero no olvido”, de “guardar” para toda la vida algo que ni siquiera nos ha molestado durante una semana, de “devolver” lo que nos ha causado heridas como si el daño en los otros fuese a cicatrizar lo que llevamos por dentro. Buscando no olvidar, hemos olvidado lo que significa perdonar, y nos hemos convertido en coleccionistas de malos momentos, de puñaladas, de traiciones, de malas respuestas, de insultos… de todo lo que nos amarga la vida y que, paradójicamente, nos empeñamos en guardar muy dentro de nosotros mismos, esperando a que llegue el momento para cobrarlo. Y mientras tanto, nos pesa no poder revivir los momentos que tan felices nos hicieron al lado de una persona, no poder agradecerle que cuidase de nosotros durante un tiempo, no poder dirigirle una simple palabra que exprese eso que tantas veces vuelve a la cabeza en forma de recuerdos, no poder volver a disfrutar de esa sonrisa que en algún momento tanto buscábamos sacar…

Pensándolo bien, estoy seguro de que aquella mujer terminó sus días con una profunda paz en su corazón y rodeada de todos los que la querían en aquel momento y la habían querido alguna vez, porque había sabido anteponer a las personas a las circunstancias y entendía que una amistad vale más que una discusión. No sería un mal propósito para toda la vida: mantener cerca a aquellos que merecen la pena, cueste lo que cueste y haya que perdonar lo que haya que perdonar; y salir a buscar a aquellos contra los que en algún momento levantamos un muro en nuestro interior, pero que siguen con tanto por aportarnos que ignorarlos supone despreciarnos a nosotros mismos.

Juntos

tirando de la cuerdaHace unos días visité una exposición de sellos. Detrás de los plásticos de los expositores, los pasaportes de miles de historias y noticias se custodiaban matados con tinta de algún funcionario cuya historia personal habría viajado también alguna vez en carta a un lugar del mundo donde alguien esperaba saber algo de él. Como sabéis, el correo postal es algo que me fascina por lo sentimental que puede resultar una carta autógrafa en los tiempos en los que hemos confundido tecnología con despersonalización y enfriamiento, pero de esto ya escribí en otra entrada, hoy quiero centrarme en otra cuestión que desconocía y me hizo simpatizar rápidamente con el filatélico que se ofreció a charlar con mi compañero y conmigo durante la visita.

Me hablaba de amigos en el mismo Plasencia, en Cáceres, en toda España… y también en partes tan remotas del mundo como Chechenia, adonde había enviado ya alguna carta referente a la exposición que estábamos recorriendo. Me mostró que detrás de aquel coleccionismo tan famoso como peculiar se escondía toda una trama de relaciones, contactos, amistades y personas. Una densa red en la que cada uno aportaba lo que podía y se interesaba por lo que otro necesitaba. Un lugar donde se quedaban al lado los individualismos y se cooperaba entre todos para que la siguiente muestra contase con el máximo de sellos de tu categoría y de la mía. No solo me descubrió este mundillo, sino que también me dio envidia sana. Envidia por aquellos que habían descubierto una forma tan saludable de relacionarse.

Trabajar juntos es natural para el hombre, ya sean los individuos unidos que cazan de las pinturas rupestres o los grupos de amigos que han descubierto aquello de “compartida, la vida es más”. Muchos hoy intentan demostrarnos lo contrario, hacernos ver que solo se vive mejor, que no hay que mirar para los lados, que los demás solo te pueden quitar… Por desgracia, hay muchos que son pobres por haberse dejado guiar por estos lemas. Muchos otros aún están a tiempo de cambiar.

Varitas y sellos

lettre-verte-boiteEs el único tipo de magia que tolero, si hablamos aquí de magia en un sentido no demasiado estricto de la palabra. Es ese conjunto de emociones y recuerdos que nos invaden cuando nos acercamos a algo que el progreso de nuestros días ha dejado relegado al desuso. Desde hace unos días, un hermano del Seminario me comenta varios juegos de los que en su infancia encontraba en cada máquina de las que abundaban en los bares y con los que ahora está rememorando su infancia en la pantalla de su móvil. Es esa magia, la magia de lo atrapado en otro momento del tiempo y de nuestra historia particular.

Es ese mismo encantamiento el que poseen las máquinas de escribir, las dedicatorias en la primera página de los libros y, quizás con un tono más acentuado, las cartas postales, el correo ordinario en el a lo largo de los siglos han viajado noticias que movían a la emoción y al duelo, que comunicaban la esencia de la alegría en unas cuantas líneas y que con el mismo tono incluían versos del enamorado que redactaba apresurado bajo la débil luz de la lámpara de un escritorio a kilómetros de la destinataria de las palabras y del sentimiento. Porciones de papel recubiertos de todo tipo de caligrafías que suscitaban idénticas emociones tanto el rico como el pobre; que se convertían en cruciales para las familias que habían visto alejarse a uno de sus miembros y que veían en forma de postales cómo su nueva vida comenzaba a edificarse. Esa correspondencia que hoy queda reducida a las insensibles facturas que, eso sí, con una regularidad intachable llegan cada mes a nuestro buzón para recordarnos que en el pasado recibíamos otro tipo de correo, y que hay un nuevo desembolso que hacer.

¿Y por qué digo magia y no hablo simplemente de afición? Porque la característica que hace de la afición un gusto personal no abarca la capacidad del correo postal de emocionar por igual a quienes comparten el gusto por ella y a los que la ven solo como una especie en extinción. Así es nuestra capacidad de conmovernos, de reconocer los sentimientos aun cuando viajan escritos y, más importante aún, de suscitarlos en quienes más queremos.

Algo más que sustituir indefinidamente

MANOS-ENTRELAZADAS“No te preocupes, todo después de un tiempo deja de doler” leo horrorizado en un retuit a una de esas cuentas con decenas de miles de seguidores y mensajes plagiados entre ellas. Y digo que lo leo horrorizado por dos razones: porque transmite una idea bastante desesperanzadora y porque, con ese retuit, el pesimismo que transmite alcanzará a muchos más usuarios.

Irremediablemente me ha traído a la memoria una frase con la que un amigo cerraba un correo hace unos meses recordándome la necesidad de ser fiel a aquellos que amamos como mejor muestra de ese afecto que les tenemos. Sin embargo, este tuit publicado con el claro fin de ser aplicado en el ámbito amoroso, refleja el ideal absolutamente contrario: el de abandonar cuando la situación se vuelve cuesta arriba y surge la tentación de dejarlo. El ideal de reemplazar frente al de ser fiel. Pero quizás se trate del resultado del proceso que cada día parece haber causado estragos más profundos en nuestra sociedad y, especialmente, en aquellos que se han visto inmersos en su época y no han conocido otro sistema en sus relaciones que el del recambio, la sustitución y el “que pase el siguiente”, habiendo olvidado por completo (o, peor, no habiendo experimentado nunca) la belleza que se esconde detrás de la constancia, la perseverancia y la fidelidad, que son el único pasaporte posible a una relación en la que lo fundamental sea el amor y no el egoísmo. Porque anteponer el dolor que causa querer al propio amor es una de las formas más sinceras de egoísmo.

Pese a todo, que levante la mano quien (aunque haya retuiteado ese mensaje) no desea alcanzar el momento en el que encuentre alguien que le prefiera aun cuando le cueste algo de dolor; quien se sienta pleno con una relación en la que el otro (y, frecuentemente, uno mismo) es una pieza de recambio que cumplirá la función hasta que sea remplazada y olvidada; quien no haya perdido la esperanza de buscar la sinceridad en un te quiero; quien, en definitiva, entienda verdaderamente cómo funciona el corazón, y que para él no sirven los remiendos que intentamos encajar a la fuerza para tapar los huecos que así agradamos.