El amor verdadero es solo el primero

montaña escalador.jpgEl frío del amor primero es la prueba de que no nos bastamos solos, de que la vida no depende de nosotros, de que no vivimos para nosotros mismos.

Es la oportunidad de renacer, de recargar el aceite en la Lámpara, aceite que no se hiele como esa insípida agua con que tantas veces intentamos calmar nuestra sed.

Es el grito de Dios enamorado, que nos repite que nos pensó y amó tanto que no podemos conformarnos con menos que arder, vivir, llenar el corazón que, intencionadamente, hizo grande.

Es la prueba de que el amor primero nunca puede ser recuerdo, sino vida; de que no puede añorarse, sino actualizarse; de que nunca podremos agotarlo, porque no lo encendimos nosotros. Y si se vuelve recuerdo, añoranza o, simplemente, vacila, no será él lo que muera, sino nosotros, que estaremos de nuevo en el instante en que nos jugamos la vida: vivir fieles o adormecernos cómodos, poner pasión o pasar a segunda fila, saltar de nuevo y más lejos o instalarse a un lado de la vida.

Porque el amor primero es la columna de fuego, y cuando parece enfriarse es porque va por delante y nos pide salir hacia allí una vez más. Pide fidelidad. Pide vivir en un amén constante, que no es lo estático del “que así sea”, sino la permanente novedad del “que así se haga en mí”.

 

Necesitamos más radicales

centro-amigo-web-796x448.jpgLos radicales que el mundo necesita son
los de la misericordia entrañable y entrañada,
los del perdón inagotable,
los de la mirada profunda,
los del acompañamiento al ritmo,
los de la exigencia y la compasión,
los de la mano incansable,
los de la Palabra y no las palabras,
los del tiempo compartido a fondo perdido,
los que no tienen más interés que quien está ante ellos en cada momento,
los que piden pero dan,
los que nunca se agotan porque comparten lo que no se acaba,
los que se acuestan cansados pero con el día lleno de caras, nombres e historias,
los que son puentes y no muros,
los que prestan sus alas para que otros vuelen,
y sus gafas para que otros vean,
y sus pies para que otros caminen,
y sus sueños para hacer realidad el de Dios.

Estos son los verdaderos radicales, los auténticos fundamentalistas que han descubierto el fundamento de la fe: el Amor que es Dios apasionado por cada hombre, especialmente por los que no saben cómo llamarlo o lo han olvidad por el camino.

Radicales sin razones, sin más razones que el Amor en persona.

Ojos que ven

Captura-de-pantalla-2015-08-18-a-las-12.15.32.pngLa fe es el mejor regalo, tanto que podemos dar (creer en alguien), como que podemos recibir (que alguien te asegure que confía en ti). Significa que ha descubierto algo que para otros pasa inadvertido, que realmente hay algo que le invita a arriesgar por ti porque siente que no quedará defraudado, ve algo que a otros se les escapa. Se la juega por ti y espera ganar.

Algo similar ocurre con Dios. La palabra “fe” está en el diccionario básico de todo creyente y está demasiado manida de tanto moverla de un sitio a otro a diario. Pero, ¿no estará también demasiado arriba para los que están dando los primeros pasos en ella? Algunas veces, la fe se ha convertido en una respuesta fácil pero demasiado misteriosa para problemas que tenían una solución más cercana, con más peso de la razón… No se trata de creer todo por creerlo, sino de comprender poco a poco lo que podemos conocer y después convencerse de que realmente merece confianza lo que va más allá, porque hemos descubierto que Dios no engaña, no falla, no miente, no disimula, no camufla, no vende medias verdades. Pide la vida entera, y por eso reclama el paso de la fe, de lo más arriesgado que guardamos dentro, para poder darnos aún más que todo lo que podemos ofrecer nosotros.

Entonces aparece la fe, como un regalo que nos ayuda a saber que no se trata de pan y vino, sino de Cuerpo y Sangre; que no son palabras vacías, sino oraciones que van directas a un Corazón que siente lo mismo que el nuestro; que los tramos del camino que parecen oscuros no lo son tanto, porque hay otras dos huellas a nuestra lado para invitarnos a confiar un poco más, a vencer un poco más el miedo, a vivir más de los regalos y menos de las seguridades de nuestra zona de confort. Entonces la vida se convierte en una historia que leer cada día, con ojos nuevos, como si en otra tinta se estuviese narrando un relato con sentido que recorre cada espacio y momento que vivimos. “Si tuvierais fe como un grano de mostaza…”.

Ciegos y cegados

vendaUna vez al año, el Evangelio del domingo cuenta cómo Jesús sintió compasión de un ciego que lo llamaba al borde del camino. Una vez al año, la Iglesia vuelve a convertirse en ese tal Bartimeo que a gritos intenta llamar la atención de los que recorren el sendero sin prestar atención a lo que hay alrededor, abrir los ojos de los que frente al ciego caminan cegados, vendados por tinieblas mucho más dañinas que las que causan minusvalía.

Son los ciegos del poder, del dinero, del odio, del insulto, de la envidia, del prestigio, del egoísmo, del conformismo… los que donde deberían ver la realidad solo atisban lo que su caleidoscopio adulterado les presenta. Los que reducen a algunas personas solo a su lado negativo mientras en sí mismos les cuesta encontrar el más mínimo defecto importante, más allá de los que aducen para cumplir. Son los mismos que ven las tragedias lejanas y se mueven hacia gestos que tranquilizan la conciencia mientras que a la calamidad que está tendida junto a sus pies ni siquiera le dedican una mirada de soslayo. Y cuando ayudan a alguien, no le dicen “¡Ánimo, levántate!”, sino que son ellos mismos los que suben su ego un escalón más, orgullosos de haber hecho lo que solamente era justicia.

Son demasiados, y es posible que haya más de un tuerto que sea rey entre ellos. De lo que sí estoy seguro es de que yo tampoco estoy libre de caminar un día con la misma ceguera que ellos si dejo de humedecer mis ojos con las lágrimas de los que sufren buscando quien pueda, al menos, mantenerles la mirada. Si no me creo que nuestra fe es imitar a Aquel que pudiendo ser indiferente porque se basta solo, decidió comenzar a sentir por lo más bajo y duro que cabía. Si prefiero que otros resplandores me aparten de donde se nos ha anunciado claramente que se encuentra la Luz que debemos dar.