Ha llegado el momento

611x458.jpgEl momento está cerca. Ha llegado la hora de cumplir la misión para la que hemos nacido, de librar la batalla a muerte propia donde nos jugamos la vida; de aceptar, hasta el final del via crucis, que somos cristianos y queremos vivir como tales.

Ha llegado el momento, un año más, y ojalá el último que nos sorprende distraídos, dispersos en tantas cosas, con los ojos atentos a demasiados asuntos demasiado poco importantes. Ojalá escuchemos desde hoy mismo que nuestro corazón desea ardientemente comer esta Pascua, como el Suyo; que está dispuesto a entregarse, siguiendo las huellas de aquel que inauguró el abajarse; que quiere ser fiel y olvidar tantas negociaciones, con Su mirada que curaba, amaba y prometía el Paraíso; que quiere proclamar, con la vida más que con las palabras, que la muerte  ha perdido el último turno y Jesucristo, resucitando, ha escrito la primera línea de una Historia interminable.

Ha llegado el momento de soltar los cerrojos, deshacerse del lastre, rechazar lo que nos entibia y subir hasta la cumbre del Calvario. No por masoquismo o afán de dolor, sino porque allí, en un hombre (que es el Hombre), Dios mismo nos muestra nuestro verdadero sentido: morir en lugar de matar, servir en lugar de ostentar, comprometerse en lugar de observar… amar en lugar de sobrevivir.

Cuando da las instrucciones a los discípulos para la Última Cena, Jesús les indica que al dueño de la casa deben decir: “El Maestro dice: mi momento está cerca” Mt 26

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Toma tu camilla

6014.jpgToma tu camilla
Echa andar, pero no te separes de ella.
No la abandones en un rincón entre tantas otras cosas
que acumulas y olvidas.

Es la prueba y el recuerdo de lo que he hecho en ti,
pero también el instrumento necesario
para recoger a tantos paralíticos que esperan por el camino
una vida capaz de recogerles y llevarlos ante Mí.

Yo te prometo el valor suficiente para no desanimarte,
y la fuerza para cargar con ella,
cargada de infidelidades, egoísmos, errores y algún éxito;
todo ello bajo el amarillento maquillaje del pasado.

¿Acaso no lo ves? Los médicos son sanos que fueron enfermos,
y los pecadores, santos que aceptaron curarse.
Abre tus oídos y escucha tantas historias
que tiempo atrás pudieron ser las tuyas,
y ahora son la tierra donde debes mostrar
que nada es imposible para Mí.


“Levántate, toma tu camilla y echa a andar” (Jn 5, 8) es una invitación a usar el propio pasado como pista de despegue propia y de otros; a no avergonzarse de lo que fuimos, sino de lo que Dios ha sido capaz de hacer con nosotros después; a amar nuestras cicatrices, porque solo gracias a ellas podemos amar mejor a los que encontramos hoy. Sin instalarse en ellas, pero sin olvidarse de que fue allí donde encontramos a Dios cómo y cuando lo necesitábamos. 

¿Cómo miraríamos nuestro pasado, nuestras camillas, si reconociésemos en ellas una historia de salvación para ser compartida?

¡Venid!

img_4338Venid los hambrientos, los sedientos, los forasteros y sin techo, los desnudos, los enfermos y los presos.

Y venid vosotros: los que saciáis el hambre de justicia, los que partís el pan, el tiempo y la vida; los que alimentáis bocas que subsisten en un mundo en el que todo sobre, incluso las personas.

Venid los que regáis las gargantas de los que hace tiempo que viven en soledad, los que lleváis agua que da vida a los labios y a los corazones, los que hacéis posible que no cese el milagro continuo de vivir y que no se seque y apelmace nuestro barro.

Venid lo que abrís vuestras casas, los que os escandalizáis de las fronteras amuralladas, los que vivís en un solo mundo y a nadie consideráis extraño. Los que descubrís que la diversidad enriquece y que es más lo que nos une. Los de los refugiados, los de la tierra de acogida, los enamorados de los que tan pocos quieren. Los que sois techo, casa y hogar, al calor de la Llama que os aviva.

Venid los que vestís con dignidad a los que la han perdido o se la han arrebatado, los que cubrís los cuerpos marcados por las heridas y la miseria y hacéis del último un semejante nuestro.

Venid los que visitáis las cárceles, los que descendéis a los infiernos y os sumergís en los abismos. Los que no tenéis miedo a mancharos del barro y los estigmas. Los que tomáis de las manos a los aprisionados por las drogas, la prostitución, la trata, la violencia, el miedo… y forzáis sus cadenas hasta reventarlas.

Venid los que tenéis la paciencia, la compasión y la ternura que sana los corazones enfermos. Los que nunca dais a un hermano por perdido ni valoráis a las personas por lo que son capaces de hacer, sino por quiénes son. Los que no discrimináis por cromosomas, ni por sordera, ni sois tan ciegos como para no verme en el hermano que no ve.

¡Felices vosotros cuando hagáis esto! Porque vuestro es el Reino de los Cielos, porque lo hacéis posible en la tierra, porque no solo me lo habréis hecho a mí en cada uno, sino que habréis sido para muchos mis manos, mis oídos, mis pies y mi mirada.

Adviento de Palabra

cropped-estudiando-bibliaEl Adviento es un tiempo para vivirse al compás de la Palabra que anhelamos. Es la palabra que “congregará a las naciones y las instruirá”. Esta palabra es la “luz del Señor” que señala los caminos y enseña a recorrerlos. El guía privilegiado para caminar por donde Dios quiere. Es la regla que mide nuestras vidas y nos hace salir al descampado de la Tierra Sagrada, donde estamos descalzos y no tenemos nada para defendernos de la espada de doble filo con la que Dios contrasta nuestros días con sus sueños.

Una sola palabra basta para curar al criado del centurión. “Voy yo a curarlo”, acababa de decirle Jesús ante su petición desesperada. También hoy sigue insistiendo en ir a curar a los enfermos y heridos que reclaman su misericordia. Ojalá en este Adviento redescubramos la vocación a entrar en su nombre en las casas y corazones doloridos y a sanar con su Palabra y sus sacramentos. Gracias a los que han respondido “sí” a la Palabra para sus vidas, Dios sigue sentándose a la mesa.

Un Reino que se construye con vidas

img_1277Hace una semana, el grupo que durante dos años se ha llevado mis tardes de viernes (y mis oraciones y horas durante el resto de la semana) recibía el sacramento de la Confirmación. Se comprometían a mantener su “aquí estoy, Señor” delante de toda la Iglesia para que sus vidas den mucho fruto, acompañados siempre por el Espíritu que les saca de ellos mismos y les empuja a multiplicar sus vidas.
Como nadie puede cambiar el mundo solo y el compromiso necesita otros rostros y manos que te alienten, conforten y consuelen, eligieron que la siguiente etapa la recorrerán en las JEC (Juventud Estudiante Católica), para ser testigos de la fe en medio del instituto donde pasan un tercio de sus días de lunes a viernes. Y junto a ellos, su catequista pasa a ser animador y a acompañar, ahora ya a la misma altura, sus pasos, ayudándoles a levantar la vista, a mirar con el corazón y a ser cada vez más lo que Dios sueña de cada uno de ellos. ¿Primera consecuencia de esto? Compartir el sábado con el resto de animadores de España descubriendo, creciendo, aprendiendo y dando pasos para que nuestros chicos dejen huella en el mundo que tanto espera de ellos. Gente con ganas de Reino, de superarse y superar lo que lastra al mundo, con una mirada profunda y el testimonio de años sobre el altar del tiempo pasado entre grupos y vidas marcadas por la respuesta a los regalos que Dios siembra en cada uno, de la ofrenda que es cada joven transformado en apóstol y cada momento de alegría profunda que solo el corazón (y pocas veces la lengua) puede testimoniar.
Y todo esto, en los días previos a la fiesta de Cristo Rey: el Reino que se preside desde la Cruz, desde la Misericordia y desde la entrega que es más que cualquier generosidad. Miro ambos momentos (el del sábado 12 y el del 19, Plasencia y Salamanca), y reconozco el mismo sentido que emana esta celebración: la entrega de la vida completa para edificar todo lo que cada uno pueda del Reino de Dios: los chavales, en su vida, sus amigos, sus familias y su instituto; los animadores, en sus vidas, sus trabajos, sus comunidades y sus grupos; Cristo, en todos y en la Cruz. Un compromiso que no entiende de dedicarles ratos libres, solo de síes totales, sin reservas, de existencias transformadas para cumplirlo. El proyecto más inmenso y para el que se siguen necesitando vidas completas dispuestas a
instaurarlo donde se necesite, sin preguntas ni esperas. Una urgencia que gritan desde los rincones donde demasiado a menudo no miramos, y que nos recuerda que seremos negligentes con la vida y la fe si no las correspondemos compartiéndolas.

Presencia

Footprints_on_the_Beach.jpgLos cristianos solo lo somos realmente cuando somos testigos de la Resurrección hagamos lo que hagamos. Testigos alegres del “Dios de mi alegría” que torna la amargura en paz con su presencia. Es la presencia de Dios la que libera a Israel, la que resucita, la que hace obrar milagros (“Porque Dios estaba con Él”). La presencia de Dios es una promesa y una realidad, pero implica también “tenerlo presente”, ser consciente de que Dios está en mi vida, a mi lado, me acompaña: recorre mis caminos, habla con mis interlocutores, se detiene en mis entretenimientos, trabaja en mis tareas.
Por esto puedo estar seguro de que mi trabajo dará frutos, de que llegará a corazones, de que mi vida cumplirá su misión: porque será Dios el que coopere conmigo (o viceversa) y unja cada paso.
Esto es la fe en la Resurrección. Esta es una de sus implicaciones en el siglo XXI: creer que no estoy solo, que todo un Dios se mueve conmigo, me alienta, me envía. El mismo que lanzó a los apóstoles y dio fruto a sus trabajos. Esta es la experiencia de la Pascua. Este es el encuentro que da sentido a todos los encuentros, la Vida que da sentido a mi vida.
Y entonces, cada latido da testimonio de quien lo provoca. Cada paso, de quien me ha enseñado a darlo y me acompaña. Toda la vida del primero que la Vivió hasta el extremo

Hay una frase que quiero que escuches

Descargar Fondos de pantalla Dia de san valentin (11)Hay frases que toda persona debería poder escuchar al menos una vez en su vida. Palabras que el corazón necesita para que sus latidos tengan un ritmo que no sea el de una monótona supervivencia, el de otro día más aquí, el del cansancio. Tienen fuerza, y sobre todo transmiten esa fuerza, porque cuando son pronunciadas con sinceridad, cuando lo único que hacen es traducir a un lenguaje lo que se está viviendo por dentro, son capaces de transformar toda una vida y darla sentimientos que nunca creyó que fuese posible alcanzar.

La frase que quiero que tú escuches, y que algún día puedas pronunciar también, es simple: “Me amó y se entregó por mí”, personalizada, sintiendo que en ese “mí” está lo que eres, toda tu vida, tus éxitos, tus caminos, tus errores, tus experiencias. Quiero que puedas mover los labios aunque solo sea para susurrarla, que algún día puedas hacerlo porque has comprendido que amar es mucho más que cuatro letras y una definición en el diccionario. Ojalá llegue pronto el día, porque la entrega ya está hecha, hace mucho tiempo que Alguien creyó en ti y eligió dar hasta la última gota de vida para que la tuya no encontrase ningún obstáculo insuperable. Te amó, y te ama. Te quiso de la misma manera que pido que algún día sientas que alguien te quiere: hasta saber que tu vida es más valiosa que la suya y que no merece la pena guardarse nada si es el precio de tu felicidad. Imagina lo que es tener alguien así.

Y pido todo esto porque quiero que experimentes una felicidad con la que quizás nunca te hayas parado a pensar. Porque sé que es para ti, que también tú tienes ese derecho y nada debería impedirte poder sentir que el amor no tiene límites porque los ha traspasado todos. Da el paso y acércate, entrega tú una pequeña parte de tu tiempo al que entregó absolutamente toda su vida, al que murió por ti para que vayas más allá de un vivir en minúsculas. Si lo más importante es el interior, y lo más importante del interior es el amor, ¿Te vas a quedar a medias?