Luz y chispas

Diseño sin título (6).pngLa luz puede ser una chispa, una ráfaga, un flash, una explosión, un deslumbramiento, un destello, un titilar intermitente. Puede ser un rayo que inunda de claridad el camino pero es tan breve que es casi imperceptible. Se puede intentar caminar con estas luces, pero se tropieza, se cae y no se aprecia ni siquiera el camino que atravesamos.

Pero la luz también puede ser farol, lámpara o candil. Puede ser hoguera, hogar, antorcha. También son luces las farolas, los faros, las linternas, las bombillas… y ellas sí permiten caminar, sin riesgo, no traicionan, no esconden más que muestran, no se alían con la oscuridad. Algunas, incluso, calientan en medio de la tempestad física o espiritual.

“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas”. El que apuesta por una Luz en medio de los fogonazos y las ráfagas. El que se aferra a un simple haz de Luz que, aunque sea costoso y a veces parezca casi insuficiente, asegura más pasos que la intermitente claridad de los sucedáneos. El que solo pone el corazón a la luz del faro seguro, y no deja que lo quemen las intensas, efímeras y atractivas chispas de las tinieblas.

Soy luz

Alla_Rogashko.jpgSoy luz cuando ayudo a otros a ser más humanos, cuando rompo las barreras, cuando tiendo mis manos, cuando hablo desde el corazón.
Soy luz cuando no permito que se apague la pequeña llama que hay en otros, cuando comparto lo que me hace arder sin consumirme.
Soy luz cuando me enfrento a lo que oscurece vidas, lugares, situaciones… cuando mi vida es testimonio de que se puede.
Soy luz cuando dejo llenar mi lámpara, cuando aprendo a alumbrar de otros, cuando recorro el camino que ellos dejaron alumbrado.
Soy luz cuando alguien puede dar un paso gracias a mi claridad, aunque nunca yo pueda saberlo ni decírselo a nadie.
Soy luz cuando no me escondo, cuando dejo brotar libremente la llama que hay en mí para que alumbre a todos, sin distinción.
Soy luz cuando resisto al viento que hace temblar mi pábilo vacilante. .
Soy luz cuando recogen mis ascuas del suelo y me dejo colocar de nuevo en el candelero.
Soy luz cuando reconozco que no soy yo el que alumbra.
Soy luz cuando devuelvo toda la luz que he recibido, y la que me han dado para cada momento.
Soy luz cuando no rechazo acercar mi antorcha a quien sufre el frío, cuando recuerdo que no alumbraré eternamente y entonces recordaré las ocasiones en que me la he guardado.
Seré luz cuando devuelva mi lámpara, marcada y quemada, a quien me la entregó. Entonces, como ahora, brillará mi cara ante la Luz y comprenderé que todo ha servido para el bien. Será él quien ilumine los caminos que yo recorrí siendo luz.

“Vosotros sois la luz del mundo. No puede ser ocultada una ciudad presente en lo alto de un monte. Tampoco encienden una lámpara y la colocan debajo del cajón, sino sobre el candelero y alumbra a todos los de la casa. Alumbre de este modo vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre en los cielos” Mt 5, 14-16

Dejarse iluminar

maxresdefault.jpgSe ha convertido ya en un tópico de las fechas prenavideñas: el rumor generalizado contra lo madrugadoras que son las luces de Navidad, colocadas a más de un mes y medio de las fiestas navideñas y encendidas a 30 días del comienzo de estas. Son criticadas por los mismos que se oponen a los turrones y bombones en los hipermercados desde noviembre, a los anuncios de Lotería en ese mes, a los sombreros de Papá Noel en los escaparates a comienzos de diciembre…

Esta entrada no quiere entrar en su juego. Aunque durante los últimos años sí que he sido de los que luchaban por recuperar la Navidad de esa forma, este año quiero cambiarme al bando contrario: ¿No es más acorde con la espiritualidad de estas fechas anticipar el clima de celebración? ¿No nos vendrá mejor tener siempre en mente que el período que ahora empezamos es una preparación inmediata? ¿No se trata precisamente de no perder de vista la Navidad durante las próximas cuatro semanas de Adviento? Admito discutir acerca del trasfondo y motivación de las “fiestas de invierno” en que se ha transformado la celebración de uno de los momentos más trascendentales de la historia; pero no quiero ser cómplice un año más de la corriente que convierte la previa de la Navidad en una reivindicación en lugar de en un anuncio gozoso. No se puede pretender transmitir la alegría desbordante de una humanidad que ha sido elegida por el mismo Dios para compartir su condición con la protesta constante y repetitiva contra los signos de esa alegría que nuestra cultura ha desarrollado. Esforcémonos en darles el verdadero sentido, en positivo; en detenernos con cada persona y hacerles ver el sentido de todo esto; animemos a cada corazón a tomar conciencia de que estas fiestas solo tendrán el verdadero sentido si son una ocasión para compartir nosotros también lo divino y lo humano, para acercarnos más a Dios y a los demás hombres.

Cada vez que en los 30 días que faltan para Nochebuena pasees por debajo de uno de los juegos de luces que la anticipan y anuncian, “alza la cabeza, se acerca tu liberación”:está más cerca la noche en la que la historia dejó de ser solo cosa de hombres, en la que ser humano comenzó a significar ser un poco más divino, en la que la Luz quiso alumbrar desde abajo para enseñarnos a difundirla. Feliz Adviento. Feliz espera. Felices preparativos. Alegra el corazón.

Hasta que tú encendiste la luz de la mesilla

ImagenAnoche, mientras comenzaba a cerrar las últimas ventanas y a despedir las conversaciones que aún quedaban abiertas en WhatsApp, uno de mis contactos me recordaba una canción que me envió tiempo atrás y que yo, al parecer, ignoré. Para no volver a dejar un vídeo anotado en un post-it debajo de la pantalla que luego pocas veces reviso, me dispuse a escuchar aquello con lo que, sabía, me sorprendería.

Y una de las frases de la canción me dejó una agradable idea para fraguarla durante la noche: “andaba como un ciego hasta que tú encendiste la luz de la mesilla y pude ver“. Más que una idea fue un recuerdo, una mirada atrás a esa época en la que todos nos reconocemos como andando a oscuras, sin ver muy bien adónde vamos ni cómo (y, muchas veces, ni con quién). Inmediatamente después de ese momento, llega la luz, que alguien nos enciende para que dejemos de vagar y comencemos a tener sentido, a servir para algo y a ser algo. Pero esta luz, a menudo, comienza siendo la luz de la mesilla, que nos encuentra dormidos o, como mínimo, tumbados en la cama. En reposo. Parados. Porque antes de que se encendiese no había adónde ir.

Para muchos, esa lámpara de la mesita de noche tiene forma de persona, de quien le da sentido y le hace feliz, que es adonde caminamos. Pero para todos, esta luz tiene que servir para disipar las sombras de todo lo malo que ha venido anteriormente. Si no, no es Luz.