Luz y chispas

Diseño sin título (6).pngLa luz puede ser una chispa, una ráfaga, un flash, una explosión, un deslumbramiento, un destello, un titilar intermitente. Puede ser un rayo que inunda de claridad el camino pero es tan breve que es casi imperceptible. Se puede intentar caminar con estas luces, pero se tropieza, se cae y no se aprecia ni siquiera el camino que atravesamos.

Pero la luz también puede ser farol, lámpara o candil. Puede ser hoguera, hogar, antorcha. También son luces las farolas, los faros, las linternas, las bombillas… y ellas sí permiten caminar, sin riesgo, no traicionan, no esconden más que muestran, no se alían con la oscuridad. Algunas, incluso, calientan en medio de la tempestad física o espiritual.

“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas”. El que apuesta por una Luz en medio de los fogonazos y las ráfagas. El que se aferra a un simple haz de Luz que, aunque sea costoso y a veces parezca casi insuficiente, asegura más pasos que la intermitente claridad de los sucedáneos. El que solo pone el corazón a la luz del faro seguro, y no deja que lo quemen las intensas, efímeras y atractivas chispas de las tinieblas.

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¡Sed felices!

o-summer-happy-kid-facebookEl Evangelio de este domingo habla de la fe, de la religión, en unos términos muy contrarios a los que llenan nuestra sociedad. Habla de felicidad, de estilo de vida, de vidas llenas, de recompensas aquí y más allá… de todo lo que llena programas, libros de autoayuda, cuentas en redes sociales y un largo etcétera de “productos” psicológicos en los que cada vez más se busca esa receta para la felicidad que el hombre ha nacido programado para alcanzar y que parece estar cada vez más convencido de que es difícil de encontrar.

El texto de hoy es un canto de esperanza, de ánimo para los que se han desesperado en el camino de encontrarla, de los que creen que por la situación que viven han sido privados de esa felicidad que solo está al alcance de unos pocos. Es un grito a las conciencias de los que tienen de sobra y aun así están vacíos por dentro, y una mirada elogiosa hacia los que, contando con poco, y sin conformarse con sus condiciones de vida, proclaman con su alegría la victoria de los sencillos, los humildes, los que viven preocupados por la vida y no por lo material ni lo efímero. Las bienaventuranzas son la declaración de derechos y deberes de los que quieren de verdad vivir en paz y tranquilidad: derecho a perdonar, a mirar con un corazón limpio, a estar triste y ser consolado, a construir la paz, a ser llamados hijos de Dios y hacer su voluntad… Es el regalo del Dios que quiere que su obra maestra no siga buscando sin éxito su felicidad y comience, por fin, a vivir aquello para lo que fue creada.

Y, ¡sorpresa! No dice nada que pueda sonar opresor, pues el verdadero Evangelio es un canto a la libertad. No se puede hablar de una felicidad que somete, pues el primer requisito para ser feliz es ser libre para poder elegir serlo:

para poder rechazar el casi inconsciente espíritu de materialismo y consumismo, el tanto tienes, tanto vales, y comenzar a vivir solo con lo que necesitamos para que otros puedan hacer lo mismo;

para tener el valor de reconocer nuestra tristeza, nuestra limitación, nuestros fracasos, y estar así en condiciones de esperar unas palabras de consuelo y unas manos que sequen o compartan nuestras lágrimas;

para elegir no escalar ni trepar, no aparentar para ser el primero, sino escoger la sinceridad y la verdad de lo que somos y tenemos;

para comprometernos hasta el fondo con nuestra fe, con lo que nos pide y con los que necesitan que la vivamos de una vez por todas de verdad;

para perdonar y olvidar, y librarnos de una vez de las pesadas cargas que el rencor coloca en nuestra vida; para poder devolver a nuestros ojos la limpieza, las miradas sin juicios, el valor infinito de cada persona que se acerca y de cada momento compartido;

para remar contracorriente construyendo la paz con cada uno de nuestros gestos y palabras, y no con grandes declaraciones, tuits o proclamas que se nos olvidan ante los que tenemos más cerca;

para aceptar ser perseguidos, señalados, etiquetados por defender lo que de verdad creemos, sin tener que guardar silencio por el miedo al qué dirán;

para poder ser, al fin, felices como queremos, y como parece que aún no nos hemos atrevido a ser de verdad. Es tiempo de demostrar que se puede.


Bienaventuranzas (Mt 5) (más…)

Ser quienes tenemos que ser (I)

atar.jpgEn uno de los evangelios de esta semana, Jesús acude a la sinagoga para enseñar al pueblo, y allí encuentra a un endemoniado al que libra de su mal. Se trata de uno de esos pasajes que a veces complican la comprensión, que parecen esconder más de lo que a simple vista se entiende, que animan a mirar más allá del milagro para no quedarse en la superficie.

Si nos acercamos detenidamente, descubrimos que desde el comienzo, tanto el espíritu inmundo como Jesús creen que este es el mesías. El demonio lo proclama (“Sé quién eres: el Santo de Dios”), pero no lo aclama, lo reconoce pero no lo adora. En cambio, de Jesús la gente dice que “no enseñaba como los escribas, sino con autoridad”, con una autoridad nunca vista: porque es transparencia de Dios. Él cree en Dios porque es Él mismo, y lo refleja nítidamente en su forma de actuar. Es coherente hasta el punto de que lo que hace es lo que Él mismo es, sin ruptura entre su identidad y sus obras.

Aquí reside la gran falta de autoridad que vivimos y padecemos. No de autoridad política, de imposición, de privilegio… eso más que autoridad es poder. La autoridad se basa en la coherencia, en la autenticidad, en la autoría de lo que hago. Alguien tiene autoridad porque es el primero no que cree algo que enseña, sino que lo vive y lo hace experiencia. Nuestra falta de autoridad hoy es más grave hacia nuestro propio interior que hacia fuera: refleja la ruptura entre lo que creemos y lo que comprobamos que hacemos, entre lo sublime del proyecto que hemos emprendido y la pobre realización que obtenemos por no implicar más que las fuerzas externas, sin invertir lo que guardamos en lo profundo de nosotros. Cuanta mayor sea nuestra fidelidad a lo que debemos ser, más cerca estaremos de esa autoridad que atrae, que mueve desde el interior porque en ella se reconoce autenticidad. Cuando nos demos cuenta de que es en las infidelidades pequeñas y continuas, en las que desdibujamos lo que debería ser transformándolo en la realidad con la que hemos de conformarnos sin pretender grandes cambios, donde nos jugamos de verdad hacer realidad el Evangelio y permitirle cambiar las primeras vidas: las nuestras propias. Mientras tanto, seguiremos anquilosados en la esquizofrenia, en la ruptura entre corazón y lengua y manos, en el pecado, en el descrédito y la desmotivación que nosotros mismos lamentos y provocamos.

Hoy, tenemos más a mano que nunca lo que Dios espera de nosotros y de la Iglesia (textos, documentos, contenidos, formación, medios…), y sin embargo nos obcecamos en la sordera, en continuar viviendo según nuestros esquemas, en ser fieles al setenta por cien para no llegar a arriesgar la porción que nos pondría radicalmente en juego. No acabamos de comprender que cuando solo transparentas a Dios con una parte de tu vida, es mucho más lo que ocultas que lo que dejas traslucir. Parecemos haber olvidad que la coherencia no es solamente una exigencia del exterior, del testimonio, del mundo, sino de lo más íntimo de nuestra fe.

Adviento de Palabra

cropped-estudiando-bibliaEl Adviento es un tiempo para vivirse al compás de la Palabra que anhelamos. Es la palabra que “congregará a las naciones y las instruirá”. Esta palabra es la “luz del Señor” que señala los caminos y enseña a recorrerlos. El guía privilegiado para caminar por donde Dios quiere. Es la regla que mide nuestras vidas y nos hace salir al descampado de la Tierra Sagrada, donde estamos descalzos y no tenemos nada para defendernos de la espada de doble filo con la que Dios contrasta nuestros días con sus sueños.

Una sola palabra basta para curar al criado del centurión. “Voy yo a curarlo”, acababa de decirle Jesús ante su petición desesperada. También hoy sigue insistiendo en ir a curar a los enfermos y heridos que reclaman su misericordia. Ojalá en este Adviento redescubramos la vocación a entrar en su nombre en las casas y corazones doloridos y a sanar con su Palabra y sus sacramentos. Gracias a los que han respondido “sí” a la Palabra para sus vidas, Dios sigue sentándose a la mesa.