Ojos que ven

Captura-de-pantalla-2015-08-18-a-las-12.15.32.pngLa fe es el mejor regalo, tanto que podemos dar (creer en alguien), como que podemos recibir (que alguien te asegure que confía en ti). Significa que ha descubierto algo que para otros pasa inadvertido, que realmente hay algo que le invita a arriesgar por ti porque siente que no quedará defraudado, ve algo que a otros se les escapa. Se la juega por ti y espera ganar.

Algo similar ocurre con Dios. La palabra “fe” está en el diccionario básico de todo creyente y está demasiado manida de tanto moverla de un sitio a otro a diario. Pero, ¿no estará también demasiado arriba para los que están dando los primeros pasos en ella? Algunas veces, la fe se ha convertido en una respuesta fácil pero demasiado misteriosa para problemas que tenían una solución más cercana, con más peso de la razón… No se trata de creer todo por creerlo, sino de comprender poco a poco lo que podemos conocer y después convencerse de que realmente merece confianza lo que va más allá, porque hemos descubierto que Dios no engaña, no falla, no miente, no disimula, no camufla, no vende medias verdades. Pide la vida entera, y por eso reclama el paso de la fe, de lo más arriesgado que guardamos dentro, para poder darnos aún más que todo lo que podemos ofrecer nosotros.

Entonces aparece la fe, como un regalo que nos ayuda a saber que no se trata de pan y vino, sino de Cuerpo y Sangre; que no son palabras vacías, sino oraciones que van directas a un Corazón que siente lo mismo que el nuestro; que los tramos del camino que parecen oscuros no lo son tanto, porque hay otras dos huellas a nuestra lado para invitarnos a confiar un poco más, a vencer un poco más el miedo, a vivir más de los regalos y menos de las seguridades de nuestra zona de confort. Entonces la vida se convierte en una historia que leer cada día, con ojos nuevos, como si en otra tinta se estuviese narrando un relato con sentido que recorre cada espacio y momento que vivimos. “Si tuvierais fe como un grano de mostaza…”.

Adviento de Palabra

cropped-estudiando-bibliaEl Adviento es un tiempo para vivirse al compás de la Palabra que anhelamos. Es la palabra que “congregará a las naciones y las instruirá”. Esta palabra es la “luz del Señor” que señala los caminos y enseña a recorrerlos. El guía privilegiado para caminar por donde Dios quiere. Es la regla que mide nuestras vidas y nos hace salir al descampado de la Tierra Sagrada, donde estamos descalzos y no tenemos nada para defendernos de la espada de doble filo con la que Dios contrasta nuestros días con sus sueños.

Una sola palabra basta para curar al criado del centurión. “Voy yo a curarlo”, acababa de decirle Jesús ante su petición desesperada. También hoy sigue insistiendo en ir a curar a los enfermos y heridos que reclaman su misericordia. Ojalá en este Adviento redescubramos la vocación a entrar en su nombre en las casas y corazones doloridos y a sanar con su Palabra y sus sacramentos. Gracias a los que han respondido “sí” a la Palabra para sus vidas, Dios sigue sentándose a la mesa.

Hablar desde dentro

8b562c5fe5398e9bd8e124f78f3e294fAyer fue el cumpleaños de una amiga. Como siempre, me puse delante del teléfono a intentar traspasar todo lo que significaba su amistad para mí y así poder componer una felicitación que sirviese de regalo para alguien que está a demasiados kilómetros como para poder celebrarlo personalmente. El texto, conforme sumaba palabras, se va plagando de conceptos abstractos: “amistad”, “profundo”, “corazón”, “confianza”, “gracias”… y a cada uno de estos que se suma, el sentimiento que va escondido en él, el que intenta designar sin que las palabras lleguen a portarlo del todo.

Esta situación no puede sonarnos extraña a ninguno. A menudo escribimos este tipo de mensajes bien por Whatsapp, correo electrónico, Twitter, Facebook o algún medio más convencional. Cuanto más tratamos con una persona, más invadimos el campo de los términos abstractos, de los profundos, y nos damos cuenta de que pisamos en un terreno en el que lo que decimos no es verificable, ha perdido las posibilidades de comprobación que tiene lo concreto. ¿Y acaso esto ha de detenernos? Por supuesto que no. Este es el punto que aumenta todo el valor que estas palabras tienen: que aunque no pueden probarse materialmente, son tan verdaderas como las demás. Es el poder de un “te quiero” pronunciado con el ritmo del corazón, dejando que sean sus latidos los que modulan el sonido, y no solo las cuerdas vocales. Uno de esos que cuando se reciben parecen ser imparables, imposibles de detener por nada ni nadie.

Sin embargo, en este campo de los abstractos hay una trampa. Si no puede demostrarse, mentir puede convertirse en una opción para los que no valoren lo suficiente a la persona a la que se los dirigen. En ese caso, son palabras vacías, simples letras que no llevan a ningún sitio más allá de la mentira, y donde esta habita, lo hace también la decepción, el desengaño y la tristeza. Es el caso de los que utilizan un “te quiero” o cualquier halago con una facilidad que evidencia que no hay nada sosteniéndolo, los que se han acostumbrado a utilizarlos hasta tal punto que no recuerdan lo que significan, ni lo sienten cuando lo dicen ni pueden entenderlo cuando lo escuchan, y esta es la mayor tristeza que sufren.

Las palabras profundas son las que embellecen de verdad a un idioma, las que permiten que los simples caracteres lleguen hasta el corazón, las que se cuelan en ese punto donde se empieza a sentir. De cómo las uses dependerá cómo hagas sentir. Si escoges utilizarlas cuando tienen sentido, si no juegas con ellas, estoy seguro de que sonreirás más de una vez cuando te las dirijan, te estarás convirtiendo en uno de los que ellas buscan para designar.

Muchas palabras, una Palabra

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Tenemos habilidad para no valorar lo que poseemos. En ocasiones, hasta que lo perdemos, en otras basta con que alguien nos haga caer en la cuenta de la importancia de eso que, por estar acostumbrados a ello, pasamos por alto. Es el mal que sufren las palabras, que se han ido desgastando por el uso hasta perder ese brillo que debía mostrar algo tan exclusivo y trascendente.
Las palabras son capaces de transportar sentimientos, de conectar personas, de ordenar ideas. Son el puente por el que nos asomamos a una parte del mundo que sólo se expresa en trazos alfabéticos: los nombres, nuestra historia, la ciencia y tantas otras disciplinas por las que el hombre ha ido conociendo y conociéndose. Las palabras son, al fin, el punto en que Dios y el hombre se encuentran en una Palabra que fue creadora y que fue encarnada.
En el principio, y en nuestro principio, ya existían las palabras. En el final también existirán. Es en el camino donde tenemos que velar para no arrebatarles su sentido, no sea que terminen convertidas en un ruido más de esos que no nos permiten escuchar. No sea que estemos acostumbrados a su sonido y olvidemos que nos podemos encontrar más profundamente con Ella.

¡Feliz Navidad! Feliz encuentro