Presencia

Footprints_on_the_Beach.jpgLos cristianos solo lo somos realmente cuando somos testigos de la Resurrección hagamos lo que hagamos. Testigos alegres del “Dios de mi alegría” que torna la amargura en paz con su presencia. Es la presencia de Dios la que libera a Israel, la que resucita, la que hace obrar milagros (“Porque Dios estaba con Él”). La presencia de Dios es una promesa y una realidad, pero implica también “tenerlo presente”, ser consciente de que Dios está en mi vida, a mi lado, me acompaña: recorre mis caminos, habla con mis interlocutores, se detiene en mis entretenimientos, trabaja en mis tareas.
Por esto puedo estar seguro de que mi trabajo dará frutos, de que llegará a corazones, de que mi vida cumplirá su misión: porque será Dios el que coopere conmigo (o viceversa) y unja cada paso.
Esto es la fe en la Resurrección. Esta es una de sus implicaciones en el siglo XXI: creer que no estoy solo, que todo un Dios se mueve conmigo, me alienta, me envía. El mismo que lanzó a los apóstoles y dio fruto a sus trabajos. Esta es la experiencia de la Pascua. Este es el encuentro que da sentido a todos los encuentros, la Vida que da sentido a mi vida.
Y entonces, cada latido da testimonio de quien lo provoca. Cada paso, de quien me ha enseñado a darlo y me acompaña. Toda la vida del primero que la Vivió hasta el extremo

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Hasta que tú encendiste la luz de la mesilla

ImagenAnoche, mientras comenzaba a cerrar las últimas ventanas y a despedir las conversaciones que aún quedaban abiertas en WhatsApp, uno de mis contactos me recordaba una canción que me envió tiempo atrás y que yo, al parecer, ignoré. Para no volver a dejar un vídeo anotado en un post-it debajo de la pantalla que luego pocas veces reviso, me dispuse a escuchar aquello con lo que, sabía, me sorprendería.

Y una de las frases de la canción me dejó una agradable idea para fraguarla durante la noche: “andaba como un ciego hasta que tú encendiste la luz de la mesilla y pude ver“. Más que una idea fue un recuerdo, una mirada atrás a esa época en la que todos nos reconocemos como andando a oscuras, sin ver muy bien adónde vamos ni cómo (y, muchas veces, ni con quién). Inmediatamente después de ese momento, llega la luz, que alguien nos enciende para que dejemos de vagar y comencemos a tener sentido, a servir para algo y a ser algo. Pero esta luz, a menudo, comienza siendo la luz de la mesilla, que nos encuentra dormidos o, como mínimo, tumbados en la cama. En reposo. Parados. Porque antes de que se encendiese no había adónde ir.

Para muchos, esa lámpara de la mesita de noche tiene forma de persona, de quien le da sentido y le hace feliz, que es adonde caminamos. Pero para todos, esta luz tiene que servir para disipar las sombras de todo lo malo que ha venido anteriormente. Si no, no es Luz.