Ciegos y cegados

vendaUna vez al año, el Evangelio del domingo cuenta cómo Jesús sintió compasión de un ciego que lo llamaba al borde del camino. Una vez al año, la Iglesia vuelve a convertirse en ese tal Bartimeo que a gritos intenta llamar la atención de los que recorren el sendero sin prestar atención a lo que hay alrededor, abrir los ojos de los que frente al ciego caminan cegados, vendados por tinieblas mucho más dañinas que las que causan minusvalía.

Son los ciegos del poder, del dinero, del odio, del insulto, de la envidia, del prestigio, del egoísmo, del conformismo… los que donde deberían ver la realidad solo atisban lo que su caleidoscopio adulterado les presenta. Los que reducen a algunas personas solo a su lado negativo mientras en sí mismos les cuesta encontrar el más mínimo defecto importante, más allá de los que aducen para cumplir. Son los mismos que ven las tragedias lejanas y se mueven hacia gestos que tranquilizan la conciencia mientras que a la calamidad que está tendida junto a sus pies ni siquiera le dedican una mirada de soslayo. Y cuando ayudan a alguien, no le dicen “¡Ánimo, levántate!”, sino que son ellos mismos los que suben su ego un escalón más, orgullosos de haber hecho lo que solamente era justicia.

Son demasiados, y es posible que haya más de un tuerto que sea rey entre ellos. De lo que sí estoy seguro es de que yo tampoco estoy libre de caminar un día con la misma ceguera que ellos si dejo de humedecer mis ojos con las lágrimas de los que sufren buscando quien pueda, al menos, mantenerles la mirada. Si no me creo que nuestra fe es imitar a Aquel que pudiendo ser indiferente porque se basta solo, decidió comenzar a sentir por lo más bajo y duro que cabía. Si prefiero que otros resplandores me aparten de donde se nos ha anunciado claramente que se encuentra la Luz que debemos dar.

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Disfraz de generoso

“- ¿Quiere un consejo gratis?

   – ¿Cuánto me va a costar?”

Esta vez seré breve. Hoy tocaba aprender cine, o cine y literatura, si atendemos al título de la conferencia. Y, en medio de las explicaciones de planos, tomas, directores de fotografía y vestuario, etcétera, ha aparecido un diálogo subtitulado que ha encendido la bombilla. El mismo que sirve de introducción a la entrada.

Aparentemente, otra incogruencia más, pero con muchísimo fondo. ¿O acaso podemos tirar la piedra porque estamos libres de no haber hecho nunca un favor “gratuito” esperando que el beneficiado nos favorezca mucho más en la próxima? Viéndola venir, el personaje de la película se anticipaba y preguntaba qué había realmente detrás de aquella generosidad inesperada (o también puede decirse: de aquel interés disfrazado).

Ciñéndome a la realidad, no creo que desaparezca inmediatamente esa falsa solidaridad, aunque, al menos, sí podía erradicarse la mentira que la cubre y le quita todo lo bonito que tiene. Porque se va en el envoltorio.

Hasta el 50%

Rebajas en los escaparates. Rebajas en la televisión. Rebajas en las conversaciones… Es otro de los regalos que nos dejan sus majestades de Oriente cada año, el período de precios bajos tan esperado por muchos (y más en estos tiempos).

Los carteles de descuentos me han recordado una frase que escuché en una de las últimas clases del ya pasado 2012. Estábamos viendo un reportaje sobre la pobreza en el Congo cuando, al aparecer en la pantalla un chico que había sido encarcelado por robar un pedazo de pan, una de mis compañeras pensó en alto: “¡Madre mía! Le daba la mitad de lo que tengo!”. Conociéndola, esta frase no era más que una expresión, pero a mí me obligó a pensar en cuántas veces doy tan solo eso, la mitad de lo que tengo, el 50% de mí. ¿Cuándo vivo en rebajas? Cuando alguien me cuenta su vida y no me molesto en atender demasiado a lo que me está diciendo, solo soy oídos; cuando veo el error de otro y me quedo en recriminárselo y no aporto ni una sola solución; cuando me quedo para mí mi tiempo, mis ganas, mis conocimientos, mis sonrisas, mi apoyo… y dejo a los demás sin todo esto. Les hago vivir con el 50% mientras yo cojo lo mejor de los otros para llenarme. Vivo en rebajas también cuando no me esfuerzo hasta la meta que me marco, sino hasta lo que es medianamente aceptable; cuando prefiero quedarme conmigo mismo antes que compartir mi tiempo con el que me lo pide; cuando al recibir tantísimo como obtengo cada día no me paro a agradecer lo que me da…

En una de las siguientes escenas del vídeo, ante otro chaval desafortunado, mi compañera volvía a pensar en alto y la oíamos susurrar: “¡Y a este la otra mitad!”. Esa es la única excusa que puede llegar a servir, que demos solo la mitad porque dedicamos a otro la otra parte. Aunque siempre podríamos dar todo a todos.