Toma tu camilla

6014.jpgToma tu camilla
Echa andar, pero no te separes de ella.
No la abandones en un rincón entre tantas otras cosas
que acumulas y olvidas.

Es la prueba y el recuerdo de lo que he hecho en ti,
pero también el instrumento necesario
para recoger a tantos paralíticos que esperan por el camino
una vida capaz de recogerles y llevarlos ante Mí.

Yo te prometo el valor suficiente para no desanimarte,
y la fuerza para cargar con ella,
cargada de infidelidades, egoísmos, errores y algún éxito;
todo ello bajo el amarillento maquillaje del pasado.

¿Acaso no lo ves? Los médicos son sanos que fueron enfermos,
y los pecadores, santos que aceptaron curarse.
Abre tus oídos y escucha tantas historias
que tiempo atrás pudieron ser las tuyas,
y ahora son la tierra donde debes mostrar
que nada es imposible para Mí.


“Levántate, toma tu camilla y echa a andar” (Jn 5, 8) es una invitación a usar el propio pasado como pista de despegue propia y de otros; a no avergonzarse de lo que fuimos, sino de lo que Dios ha sido capaz de hacer con nosotros después; a amar nuestras cicatrices, porque solo gracias a ellas podemos amar mejor a los que encontramos hoy. Sin instalarse en ellas, pero sin olvidarse de que fue allí donde encontramos a Dios cómo y cuando lo necesitábamos. 

¿Cómo miraríamos nuestro pasado, nuestras camillas, si reconociésemos en ellas una historia de salvación para ser compartida?

Es nuestro momento – Día del Seminario 2017

IMG-20170306-WA0006Como cada año, en torno a la fiesta de san José, la Iglesia celebra el Día del Seminario. Este 2017, con un sabor diferente y especial: la Diócesis de Plasencia, mi diócesis, se encuentra en pleno plan vocacional, invirtiendo esfuerzos en mostrar el regalo que cada vocación supone para la Iglesia y todo lo que recibe el que acepta entregarse. El lema escogido  para este plan nos recuerda que “Es tiempo de bregar”, tiempo de trabajar afanosamente, de implicarse, de mojarse por conseguir que la Iglesia y el mundo sean cada vez más lo que Dios quiere, y que nunca falten vidas entregadas para hacer realidad esta misión.

Atravesamos un momento de crisis religiosa, de dificultades, de Seminarios e iglesias no tan llenas como nos gustaría encontrarlas… pero un momento que encierra la gran oportunidad por la que hemos sido llamados a vivir este y no otro en todo el abanico de los siglos: este es nuestro momento, y nosotros somos los hombres y mujeres elegidos para hacer de estos años una historia. Es nuestro momento. Y como tal, no debería quedar tanto tiempo para lamentarse y achacar a decenas de factores el que hoy no encontremos lo que nosotros desearíamos. Es tiempo de ponerse en juego y demostrar que no somos una Iglesia de lamentos sino de esperanza, que hemos consagrado nuestra vida al anuncio de una historia de vencedores y que estamos dispuestos a testimoniar esto con cada segundo de nuestra vida, que quiere gastarse y encuentra en estos tiempos de crisis la oportunidad de hacerlo. Ojalá la crisis de vocaciones no sea crisis de esfuerzos. Ojalá la carencia nos mueva a valorar más el papel del sacerdote y a convencernos, de una vez por todas, de la necesidad de entregas completas, sin hacerse partes, sin dobles vidas, sin reservas que solo redundan en perjuicio propio y de los demás. Ojalá descubramos qué papel jugamos cada uno en nuestro momento de la historia, y no defraudemos cuando nos toque desempeñarlo y dar fruto.

Es tiempo de querer ser sacerdote. Porque la misión de hoy no tiene nada que ver con la de hace unos años. Porque la oportunidad que se nos brinda hoy, no la tuvieron ninguno de los anteriores. Porque no nos faltan razones para desear compartir vidas, sostener esperanzas, dar fuerzas, alimentar corazones, acompañar el dolor, perdonar las oscuridades, poner luz en las tristezas, explicar el sentido que hemos descubierto para la vida… estar cerca de Dios y de los hermanos. Porque hoy más que nunca es necesario una palabra que ofrece toda la vida como prueba, como aval, que se pronuncia más con obras que con palabras. Porque hoy probablemente vivamos la mayor necesidad de acogida de la historia moderna, en nuestras fronteras, pero también en los corazones de los más cercanos. Porque sigue habiendo personas que esperan, que confían, que aguardan una respuesta de Dios en medio de la historia, y que buscan rostros que les acompañen en este camino. Porque es hoy cuando nos toca a cada uno dar la cara, ponernos en pie y vivir nuestra vida, y no continuar perdiendo oportunidades en las que nos jugamos nuestra vida y la de los demás. Porque aún hoy continúa habiendo gente que necesita ser valorada, mirada a los ojos, llamada por su nombre, comprendida, amada como Dios la ama. Porque los que nos esperan hoy, no estarán ahí mañana, para cuando hayamos cobrado el valor suficiente. Porque hay Puertas que sigue siendo necesario abrir y de las que solo los sacerdotes tienen las llaves. Porque hoy es el momento de sentar las bases para que progrese el futuro. Porque hoy te mereces ser feliz haciendo feliz a los demás, y basta de continuar conformándote con menos que una vida plena.

Y, ante todo, porque hoy es cuando vives, cuando te cruzas con otros, cuando puedes elegir. Cuenta conmigo para compartir nuestro momento de la historia pero, por favor, prométeme que tú también lo darás todo para que otros lo vivan, que no serás egoísta con esa vida que te regalaron para darla a los demás. Y si para eso sientes que tienes que ser sacerdote, prométeme que no te negarás a ayudar a otros a ser protagonistas de su momento de la historia.

Me haces mucho bien

img_5910.jpgEl “nuevo” curso, que ya ha llegado a su ecuador, vino cargado de personas nuevas: en la casa, en la parroquia, en la Red, en varios círculos de los que tejen nuestra vida… Junto a ellas, muchas de las que estaban renovaban el contrato de seguir aquí al lado: compartir lo bueno y lo malo, atravesar juntos los momentos y superar las dificultades y errores. Y con todas estas caras moviéndose cerca, no he podido evitar pensar más de diez y de veinte mveces en estos meses: “me haces mucho bien”. Esta entrada es un pequeño homenaje a todos ellos: a los que habéis puesto lo mejor de vosotros en mí, y a los que lo hacéis con quienes conocéis.

Creo que es la clave de una amistad y de las mejores cosas que puedes decir a otra persona. Por encima de lo bueno que sea, de las cualidades que tenga, de sus éxitos, de las oportunidades que te abra conocerlo… que alguien te haga bien es el pasaporte a crecer como persona y, sobre todo, a crecer juntos, aprendiendo, descubriendo y corrigiendo juntos los pasos. Es la prueba más clara de que ninguno de nosotros nos valemos del todo por nosotros mismos: somos dependientes de los otros, que nos enseñan casi tanto como necesitamos aprender para Vivir con mayúsculas. Unos más y otros menos, pero quizás sean los que parece que menos lecciones traen consigo los que resultan ser expertos y llenan ese espacio que guardamos dentro de nosotros para los que vienen de fuera. “Hacer bien” a alguien es mucho más que colmar sus intereses o satisfacer sus expectativas: es mejorar un poco más su forma de vivir, aunque para ello a veces sea necesario llevarlo hasta un límite en el que ninguno de los dos os gustaría veros. Es una tarea de valientes: de los que saben que arriesgan para que todos ganen, y prefieren compartir lo que han ganado ellos porque en el fondo están convencidos de que no es mérito solo suyo. Hacer bien a alguien es asumir la misión de transformar vidas para que cada vez haya en ellas más de la luz y la alegría que deberían colmarlas, y menos oscuridad de la que se contagia y se vende a diario. Hacer bien es, además, algo gratuito, rebosante, adictivo, sorprendente y muy muy humano.

Personalmente, estos han sido meses de comenzar a sanar heridas, de salir de trincheras en las que el barro se pegaba a las botas, de reencontrarme con la ilusión y la vida que otros reflejan, de perdonarme y dejarme perdonar errores, de recuperar y redescubrir tantos porqués que dan sentido a cada día… Y si de algo puedo presumir es de que ha sido gracias a los que han ido coincidiendo en mi mismo carril, algunos más cerca, otros más lejos, algunos incluso sin pretenderlo y otros con el firme propósito de desmontar mis muros. Personas con las que Dios hizo de la casualidad y la coincidencia una oportunidad para llegar hasta dentro. Personas que hacen mucho bien, y eso, su hacer, habla por sí solo.

Gracias.

¡Sed felices!

o-summer-happy-kid-facebookEl Evangelio de este domingo habla de la fe, de la religión, en unos términos muy contrarios a los que llenan nuestra sociedad. Habla de felicidad, de estilo de vida, de vidas llenas, de recompensas aquí y más allá… de todo lo que llena programas, libros de autoayuda, cuentas en redes sociales y un largo etcétera de “productos” psicológicos en los que cada vez más se busca esa receta para la felicidad que el hombre ha nacido programado para alcanzar y que parece estar cada vez más convencido de que es difícil de encontrar.

El texto de hoy es un canto de esperanza, de ánimo para los que se han desesperado en el camino de encontrarla, de los que creen que por la situación que viven han sido privados de esa felicidad que solo está al alcance de unos pocos. Es un grito a las conciencias de los que tienen de sobra y aun así están vacíos por dentro, y una mirada elogiosa hacia los que, contando con poco, y sin conformarse con sus condiciones de vida, proclaman con su alegría la victoria de los sencillos, los humildes, los que viven preocupados por la vida y no por lo material ni lo efímero. Las bienaventuranzas son la declaración de derechos y deberes de los que quieren de verdad vivir en paz y tranquilidad: derecho a perdonar, a mirar con un corazón limpio, a estar triste y ser consolado, a construir la paz, a ser llamados hijos de Dios y hacer su voluntad… Es el regalo del Dios que quiere que su obra maestra no siga buscando sin éxito su felicidad y comience, por fin, a vivir aquello para lo que fue creada.

Y, ¡sorpresa! No dice nada que pueda sonar opresor, pues el verdadero Evangelio es un canto a la libertad. No se puede hablar de una felicidad que somete, pues el primer requisito para ser feliz es ser libre para poder elegir serlo:

para poder rechazar el casi inconsciente espíritu de materialismo y consumismo, el tanto tienes, tanto vales, y comenzar a vivir solo con lo que necesitamos para que otros puedan hacer lo mismo;

para tener el valor de reconocer nuestra tristeza, nuestra limitación, nuestros fracasos, y estar así en condiciones de esperar unas palabras de consuelo y unas manos que sequen o compartan nuestras lágrimas;

para elegir no escalar ni trepar, no aparentar para ser el primero, sino escoger la sinceridad y la verdad de lo que somos y tenemos;

para comprometernos hasta el fondo con nuestra fe, con lo que nos pide y con los que necesitan que la vivamos de una vez por todas de verdad;

para perdonar y olvidar, y librarnos de una vez de las pesadas cargas que el rencor coloca en nuestra vida; para poder devolver a nuestros ojos la limpieza, las miradas sin juicios, el valor infinito de cada persona que se acerca y de cada momento compartido;

para remar contracorriente construyendo la paz con cada uno de nuestros gestos y palabras, y no con grandes declaraciones, tuits o proclamas que se nos olvidan ante los que tenemos más cerca;

para aceptar ser perseguidos, señalados, etiquetados por defender lo que de verdad creemos, sin tener que guardar silencio por el miedo al qué dirán;

para poder ser, al fin, felices como queremos, y como parece que aún no nos hemos atrevido a ser de verdad. Es tiempo de demostrar que se puede.


Bienaventuranzas (Mt 5) (más…)

Correr o vivir

ImagenVivo con la tentación de ganar la carrera, de ser siempre el primero, de alcanzar la meta antes que nadie, aunque muchas veces no haya ningún premio esperándome. Me ocurre a menudo, me lanzo y después descubro que solo los que vienen más despacio disfrutan del paisaje, solo ellos respiran, solo ellos pueden charlar, solo ellos son capaces de escuchar las voces de quien, caído en el camino, se queda rezagado y olvidado.

Puede que sea por el ritmo de nuestra vida, o porque le he imprimido una velocidad demasiado alta a la mía; pero algunas veces me asalta esa sensación: en lugar de recorrer tu camino estás corriéndolo, parece que quisieras que fuese lo más fugaz posible. Y es que, prácticamente, solamente corren tan a menudo los que huyen de algo, los que escapan, los que no quieren ser vistos nunca en el lugar donde están. Quizás esté escapando de todos los momentos desaprovechados que me persiguen por haberlos vivido con demasiada prisa; de todas las personas a las que no he podido atender como se merecían porque corriendo no hay tiempo suficiente para llegar al interior, solo a pasar sobre la superficie; de todo lo que pude haber hecho mientras me esforzaba en ir deprisa por rutina, sin saber muy bien adónde llegaba.

La clave está en saber tomar el ritmo que cada momento reclama, disfrutar de quien está enfrente, lo que estás viviendo y paladearlo lo suficiente como para recordar algo que quizás nunca más puedas sentir. Solo así, merecerá la pena haber recorrido el camino. Al final llegaremos todos, la diferencia la marcarán los que recuerden algo de por dónde han pasado.