Adviento de Palabra

cropped-estudiando-bibliaEl Adviento es un tiempo para vivirse al compás de la Palabra que anhelamos. Es la palabra que “congregará a las naciones y las instruirá”. Esta palabra es la “luz del Señor” que señala los caminos y enseña a recorrerlos. El guía privilegiado para caminar por donde Dios quiere. Es la regla que mide nuestras vidas y nos hace salir al descampado de la Tierra Sagrada, donde estamos descalzos y no tenemos nada para defendernos de la espada de doble filo con la que Dios contrasta nuestros días con sus sueños.

Una sola palabra basta para curar al criado del centurión. “Voy yo a curarlo”, acababa de decirle Jesús ante su petición desesperada. También hoy sigue insistiendo en ir a curar a los enfermos y heridos que reclaman su misericordia. Ojalá en este Adviento redescubramos la vocación a entrar en su nombre en las casas y corazones doloridos y a sanar con su Palabra y sus sacramentos. Gracias a los que han respondido “sí” a la Palabra para sus vidas, Dios sigue sentándose a la mesa.

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Presencia

Footprints_on_the_Beach.jpgLos cristianos solo lo somos realmente cuando somos testigos de la Resurrección hagamos lo que hagamos. Testigos alegres del “Dios de mi alegría” que torna la amargura en paz con su presencia. Es la presencia de Dios la que libera a Israel, la que resucita, la que hace obrar milagros (“Porque Dios estaba con Él”). La presencia de Dios es una promesa y una realidad, pero implica también “tenerlo presente”, ser consciente de que Dios está en mi vida, a mi lado, me acompaña: recorre mis caminos, habla con mis interlocutores, se detiene en mis entretenimientos, trabaja en mis tareas.
Por esto puedo estar seguro de que mi trabajo dará frutos, de que llegará a corazones, de que mi vida cumplirá su misión: porque será Dios el que coopere conmigo (o viceversa) y unja cada paso.
Esto es la fe en la Resurrección. Esta es una de sus implicaciones en el siglo XXI: creer que no estoy solo, que todo un Dios se mueve conmigo, me alienta, me envía. El mismo que lanzó a los apóstoles y dio fruto a sus trabajos. Esta es la experiencia de la Pascua. Este es el encuentro que da sentido a todos los encuentros, la Vida que da sentido a mi vida.
Y entonces, cada latido da testimonio de quien lo provoca. Cada paso, de quien me ha enseñado a darlo y me acompaña. Toda la vida del primero que la Vivió hasta el extremo

Enviados a reconciliar – Día del Seminario 2016

Ccex7cmWAAEvkGtCada mes de marzo, en torno al 19, la Iglesia celebra el Día del Seminario: 24 horas para mirar a las casas que forman, educan y modelan el corazón de cada uno de los que se ofrecen a Dios para servirle en los hermanos. Esta jornada va siempre acompañada de un lema que marca el tono en el que se desarrollará. El de este año, “Enviados a reconciliar”, me pareció acertadísimo desde el primer día en que lo leí, cuando el cartel comenzaba a filtrarse por la Red. Os cuento por qué:

  • Enviados: el que va como enviado, va de parte de alguien; en este caso, cada sacerdote es un enviado de Dios, es Él mismo en persona el que lo manda a alguien que estima lo suficiente como para dedicarle una persona a su servicio: al mundo y a la Iglesia, a cada uno de los bautizados, sean practicantes o no; incluso a los que no se han acercado todavía a ningún sacramento. El enviado actúa siempre con la autoridad del que lo envía, lo representa en los múltiples sitios en los que ha preferido no estar cien por cien presente. Y para esto necesita una formación y unas cualidades: algunas están en él desde su nacimiento, otras se van adquiriendo, así se entiende que haya que cuidar tanto los Seminarios: son el horno del que depende en gran medida la temperatura de la fe del pueblo.
  • A: es un pequeño detalle, casi inapreciable como palabra, pero una vez más son las cosas pequeñas las que dicen mucho. Nadie es enviado a nada, siempre hay una misión, un motivo, algo por lo que ponerse en marcha. La de este lema es el sentido del envío, el porqué; que pasa a convertirse en el sentido de toda la vida, porque es imposible entregarse guardándote una parte de ti mismo. La vocación da sentido a todo lo que pongas delante, a todo lo que no quieras reservarte para ti solo.
  • Reconciliar: es compartir la misma vocación de Jesús, la que vemos en el Evangelio de este domingo (la mujer que iba a ser lapidada). El gran plan de Dios para el mundo no es otro que este: reconciliarlo consigo mismo sin pedirle cuenta de los pecados. Para esto el éxodo, los profetas, la Cruz, el Espíritu Santo, los sacramentos, la Iglesia… Ser sacerdote es sumar tus manos a este proyecto, reconciliando a cada persona sanando sus heridas, ofreciéndole una verdad que le ayude en medio del relativismo que dificulta la unidad; reconciliando al mundo siendo el nudo que Dios hace para unir vidas, grupos, parejas, familias divididas… Reconciliar a todos con Dios, por el sacramento del perdón, que es un regalo que nunca merecimos y que nunca agotaremos.

Si crees que tu vida está llamada a dejar huella, y realmente quieres que esa no se borre, escríbela dentro de otros. Los sacerdotes no brillan porque trabajan con lo invisible: con la esperanza, la alegría, el corazón, las heridas interiores… con lo importante, que no siempre es lo que pueden captar los ojos, como pasa con Dios.

En este Día del Seminario puedo asegurártelo con 3 años de experiencia ya: merece la pena entregar la vida para que muchos la ganen gracias a ti; merece la pena colaborar mano a mano con Dios, porque así nunca se acaban las fuerzas; merece la pena dar el paso aunque haya dudas; merece la vida querer ser enviado a reconciliar.

Extra: ¿Quieres saber cómo llegué hasta el Seminario? Puedes leer mi testimonio en la página de GivenFaith: http://givenfaith.com/2016/03/11/un-regalo-de-dios/ ¡Y compartirlo!

El mejor momento de tu vida

Es 16 de agosto. Han pasado dos meses de los días, previos a los exámenes finales, en los que un calendario de Google, mi agenda y un montón de propósitos y planes comenzaban a organizarse. Han pasado ya cuatro actividades de verano y unas semanas de descanso rebosantes de momentos y sonrisas con amigos y familia. Y queda mucho por hacer, casi tanto como había planeado.

Ayer me senté delante del portátil para examinar el documento que proyectaba mi verano, y tuve que reconocerle (a micrófono cerrado, como si la humillación a la que estaba dispuesto tuviese un límite) que no he completado ni un cuarto de los planes que me marqué hace dos meses. He completado algunos otros que iban surgiendo, sí, y también he desperdiciado tiempo y fuerzas en asuntos vacíos o directamente en no hacer nada, ni descansar siquiera.

Pero mientras duren los lamentos por los minutos que ha ganado el reloj y no mis proyectos, seguiré sin descubrir cuál es el mejor momento para hacer lo que se espera de mí. Estará corriendo, alejándose al mismo ritmo que se aproximó, y yo no habré sido capaz de aprovecharlo. Podré sentarme y seguir esperando a que llegue “un tiempo más adecuado”, y lo estaré desperdiciando sin poderlo guardar.

El mejor momento de tu vida es el que vives, porque es el que tienes asegurado para hacer lo que estás llamado a vivir. ¿De qué te sirve el pasado si no es para aprender y construirte? ¿Qué esperas de un futuro que será tuyo dentro de un instante? Hace unos días, en Ávila, escuché una frase que me ha ido dejando cada vez más inquieto conforme pasaba el tiempo: “Cuando Dios te pide algo, te lo pide ahora”. ¿Vas a seguir haciéndole esperar a quien te ha dado tantas oportunidades? ¿Vas a seguir dejando que estos minutos que están pasando sigan transcurriendo sin ser testigos de eso que tienes que compartir con el mundo?

Después de esta línea, yo no te entretengo más. Es tu turno, y el de Dios en ti. Y si aún no sabes qué te pide, siempre puedes preguntarle.

La alegría de anunciar el Evangelio – Día del Seminario 2014

ImagenEl lema escogido por el Papa Francisco para este día, muy en la línea de su Exhortación Apostólica, es: “La alegría de anunciar el Evangelio”. Un lema que constituye el mejor testimonio y el más auténtico que podríamos dar los que nos formamos respondiendo a la vocación sacerdotal. El Seminario es un lugar, ante todo, de alegría, de felicidad, de gozo por saberte escogido por el Señor, cuidado y sostenido. Creedme que no podría daros mejor testimonio de cómo me siento allí: en el Seminario soy feliz.

Hace unos cuantos días, hablando con una amiga, ella me planteaba que vivir es simplemente respirar, realizar las funciones vitales, a lo que le respondía: ¿De qué te sirve vivir si no le das sentido a tu vida? ¿De qué sirven 81 años de respiraciones si no les has dado ningún sentido? Hoy, por desgracia, asistimos al lamentable espectáculo de miles de jóvenes que vagan sin dar sentido a sus vidas, sin encontrar la alegría que convierte cada uno de los días vividos en una ocasión satisfactoria e irrepetible. ¡Esto es una auténtica desgracia! En el lado opuesto, la vocación, el plan que Dios ha soñado para nosotros aun antes de que naciésemos, es la que nos da la felicidad. Ya sea esta el matrimonio, la vida religiosa o el sacerdocio, solo en nuestra vocación somos felices plenamente, porque no es una imposición de Dios, sino un consejo de Aquel que nos conoce mejor que nosotros mismos.

¡Ayudemos a nuestros jóvenes a encontrar su propia vocación! ¡No permitamos que continúen vagando sin sentido y que sus vidas no tengan alegría! No estamos viviendo en la actualidad una crisis de vocaciones, de llamadas: Dios no ha abandonado al mundo, sigue llamando; el problema al que nos enfrentamos es una crisis de respuestas: ¡los jóvenes no escuchan la voz de Dios! Están demasiado alejados de las iglesias y viven rodeados de ruidos que muchas veces no les dan la felicidad que buscan sin parar. Recemos por ellos, a diario, por los que conocemos, para que estén lo suficientemente cerca del Señor como para que puedan escuchar ese “te quiero” que les susurra el sagrario.

Y no olvidemos rezar también por el Seminario. Esta institución, denominada por el concilio Vaticano II como“el corazón de la diócesis”, necesita ser alimentada por los diocesanos por dos vías fundamentales: la primera, y más importante, la oración, que es el único medio por el que los proyectos, ilusiones, alegrías, esperanzas y trabajos del Seminario pueden dar frutos ¡Nos hace mucha falta, de verdad, rezad por nosotros: para que nunca nos olvidemos de que hemos sido elegidos para ser la voz y las manos de Dios en el mundo, y no nos dejemos apartar de su Voluntad! Y, en segundo lugar, las aportaciones económicas: especialmente el domingo que viene, la Iglesia contribuye a sostener a sus seminarios económicamente. En nuestra diócesis de Plasencia tenemos el privilegio de contar este curso con un Seminario completamente remodelado con todas las comodidades propias de una casa de formación actual.

No olvidemos nunca lo importante que han sido los sacerdotes en nuestra vida: a través de uno de ellos entramos en la fe por el Bautismo, nos dan el alimento que nos da las fuerzas para continuar con una fe viva y ardiente en cada Eucaristía, sellan nuestro compromiso de amor en el matrimonio estando presentes en el día más feliz de la vida de muchos, nos levantan y animan cada vez que caemos con el sacramento de la penitencia y, finalmente, en la recta final de nuestros días, nos procuran todo lo necesario para alcanzar la vida eterna. Veamos pues a nuestros sacerdotes como antiguos seminaristas, y a nuestros seminaristas como futuros sacerdotes: elegidos por el Señor para una tarea apasionante, felices por haber logrado decir “sí” al Señor, y necesitados de nuestra ayuda y nuestra oración constante.