El amor verdadero es solo el primero

montaña escalador.jpgEl frío del amor primero es la prueba de que no nos bastamos solos, de que la vida no depende de nosotros, de que no vivimos para nosotros mismos.

Es la oportunidad de renacer, de recargar el aceite en la Lámpara, aceite que no se hiele como esa insípida agua con que tantas veces intentamos calmar nuestra sed.

Es el grito de Dios enamorado, que nos repite que nos pensó y amó tanto que no podemos conformarnos con menos que arder, vivir, llenar el corazón que, intencionadamente, hizo grande.

Es la prueba de que el amor primero nunca puede ser recuerdo, sino vida; de que no puede añorarse, sino actualizarse; de que nunca podremos agotarlo, porque no lo encendimos nosotros. Y si se vuelve recuerdo, añoranza o, simplemente, vacila, no será él lo que muera, sino nosotros, que estaremos de nuevo en el instante en que nos jugamos la vida: vivir fieles o adormecernos cómodos, poner pasión o pasar a segunda fila, saltar de nuevo y más lejos o instalarse a un lado de la vida.

Porque el amor primero es la columna de fuego, y cuando parece enfriarse es porque va por delante y nos pide salir hacia allí una vez más. Pide fidelidad. Pide vivir en un amén constante, que no es lo estático del “que así sea”, sino la permanente novedad del “que así se haga en mí”.

 

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